Museo de Cerámica Toscana, arte mayor para admirar en Glew

La promocionada Ruta de la Cerámica Toscana guarda una de sus escalas a miles de kilómetros del norte de Italia. Bien lejos de las colinas de Chianti, donde se encadenan los pueblos alfareros como Impruneta y Montelupo Fiorentino, una localidad del sur del Gran Buenos Aires se ganó un lugar en ese recorrido por la más arraigada tradición preservada desde hace siglos en aquella región salpicada de viñedos y valles prósperos. Con las magistrales piezas atesoradas en el Museo Manigrasso como mejor carta de presentación, Glew añade un nombre con reminiscencias británicas a ese muestrario de arte mayor que remite indefectiblemente a la costa del mar Tirreno.

La tradición toscana recreada en Glew aporta brillo y colores vivos al patrimonio cultural del partido de Almirante Brown, de la mano virtuosa de Cósimo Manigrasso. Cuando desembarcó en Buenos Aires en 1948, contratado para trabajar durante dos años en una fábrica de platos utilitarios de cerámica, este talentoso inmigrante italiano nacido en Grottaglie portaba pergaminos como alumno destacado y luego profesor de la Escuela Militar de Arte Vicente Caló. A esa altura ya era considerado un consumado artesano de ánforas en cerámica y pintor de los más deslumbrantes paisajes de su tierra.

Obsesivo y apegado a una rigurosa disciplina, Manigrasso dedicó su vida hasta el último suspiro a nutrirse de arcilla para moldear piezas y decorarlas con escenas y personajes de las mitologías griega, romana y egipcia. En 1952, recién arribado a Glew, el artista intuyó que el inabarcable paisaje rural que nublaba su vista sería la mejor fuente de inspiración para volver a despuntar su pasión por la creación artística. Rápido de reflejos, reconvirtió en su austero atelier la caballeriza de la casaquinta y puso manos a la obra.

Buena parte de la intensa rutina creativa que se impuso Manigrasso hasta su muerte en 2004 se refleja en los más de 1.000 cuadros pintados al óleo y vasijas exhibidos en el museo. Su nieta política, Analía Suárez, se encarga de guiar el recorrido por las cuatro salas y relatar la apasionante vida que transitó su ilustre abuelo. “En la sala Ana María Mandolini se pueden apreciar las herramientas que utilizaba Manigrasso, su cámara de fotos, ánforas, cuadros, el escritorio, un reloj de bolsillo y el delantal, que -así como él sostenía- ‘no se lava porque allí queda el alma del artista’”, explica la anfitriona del museo.

Así como cada pieza moldeada en cerámica y pintada a mano alzada con la técnica del esgrafiado, al pie de una imagen que ilustra un puente de Venecia con trazos delicados, brilla el legendario torno patero (también conocido por los especialistas en la materia como rueda egipcia) que Manigrasso empujaba con los pies para dar forma manualmente a cada pieza que gestaba.

Una veintena de alumnos del Instituto N° 53 de Glew camina dispersa por el parque de la casa-museo. Avanzan decididos a ingresar aunque denotan cierta incerteza por lo que les espera del otro lado de la puerta principal.

Al frente de la caravana, la docente Mariana Do Nascimento despeja las dudas, mientras echa luz sobre el inestimable valor que encierra el legado de Manigrasso: “Muchos vecinos de Glew no conocen este patrimonio único de cerámica toscana. Pese a que resido en Lomas de Zamora tuve la suerte de recorrer el circuito cívico de esta localidad y me encantó. Asi fue que, entre varios centros culturales, bibliotecas populares y sedes de ONGs, descubrí este museo. A través de la materia Campo de la Práctica Docente nuestro principal objetivo es fomentar el potencial educador de las instituciones más allá de las escuelas”.

A su vez, el relato de Analía hace foco en los rasgos salientes de la personalidad del artista. “Manigrasso era extremadamente perfeccionista, obstinado, seguro de sus cualidades y tenía mucha personalidad. Para él no había fiestas de cumpleaños ni salidas al cine. Prefería encerrarse a trabajar desde temprano. Volvía del fondo de la casa para almorzar y regresaba al taller hasta que anochecía. Hacía traer la mejor arcilla del país desde Puerto San Julián (Santa Cruz) para molerla y colarla en baldes. Y sus pigmentos naturales para pintar eran de Misiones”, rescata la conductora de la visita.

Apenas un puñado de minutos pasaron desde el inicio del recorrido y ya cada uno de los estudiantes está listo para animarse a realizar sus creaciones en cerámica con la técnica “pellizco”. Analía les sugiere arremangarse como primer paso necesario antes de repartirles bochas de arcilla y un hilo para cortar la masa en bolitas que quepan en una mano. Sin apuro y desbordados por el entusiasmo, los aspirantes a alfareros ponen manos a la obra y moldean según su propia veta creativa.

Cristian Sirouyan (publicado en Clarín el 12/11/2019)