Las raíces negras olvidadas de los argentinos

En los albores de la Argentina, más de la mitad de la población era negra. Estos datos los refiere el censo de 1778 ordenado por el rey Carlos III. En la Madre de Ciudades, Santiago del Estero, el 54% de la población era negra en la época del Virreinato del Río de la Plata. También en Catamarca y Salta, más de la mitad de la población era africana.

Si nos trasladamos a la ciudad de Buenos Aires, que en aquella época contaba con 24.205 habitantes, el censo refleja que el 30% eran negros africanos. La condición negra de la población quedó ausente en las mediciones hasta el año 2010, cuando se volvió a incorporar la categoría de afrodescendientes; el dato que emerge es muy llamativo, ya que solo el 0,37% se percibe como afrodescendiente. La pregunta sin respuesta es cómo fue desapareciendo esa población negra.

Estos datos nos hacen cuestionar una gran omisión en la historia argentina: sus raíces negras. También nos permite replantearnos acerca de la típica idea de que la mayoría de los argentinos desciende de los barcos europeos. Siempre estuvieron los negros, pero desde el Estado, y algunos intelectuales, se quiso crear la ilusión de una nación blanca y europea, ocultando en la oscuridad la realidad de las raíces negras.

Juan Bautista Cabral, representado en las pinturas como blanco, era hijo de un indio guaraní y una esclava de Angola que servía a Luis Cabral. En aquel entonces, la descendencia de los esclavos pertenecía a su amo y por eso llevaba el apellido de quien lo había comprado. En el discurso histórico, Cabral fue bautizado como “soldado heroico” por haber sacrificado su vida al anteponer su cuerpo ante el general San Martín, en la célebre batalla de San Lorenzo.

Sin llegar a cuestionar la heroicidad de Cabral, es evidente que se quiso construir un mito en torno a él con un fino trabajo de maquillaje. Si bien distintos pintores lo inmortalizaron con una tez blanca, en algunos casos, se respetó su color de piel negra pero se le añadieron rasgos occidentales, con la intención de ocultar sus raíces guaraníes y africanas. Pero ¿por qué se buscaba blanquear los rasgos de aquellas personas que hicieron grande la Argentina? Porque las historiografía liberal apelaba a la construcción del mito de la nación blanca y occidental.

Otro protagonista negro de la historia argentina fue Bernardo de Monteagudo, quien había nacido en Tucumán, en 1789. Su padre era español, pero no hay certeza sobre si la madre era una nativa tucumana o una esclava. Se lo recuerda en la historia por haber participado en los procesos independentistas en el Río de la Plata, Chile y Perú. Fue uno de los primeros en promover la independencia de Hispanoamérica. Entre las distintas gestas políticas y revolucionarias en las que participó, actuó como auditor del Ejército de los Andes y, por ello, lo acompañó al general San Martín; también estuvo secundando la emancipación del Cono Sur junto a Simón Bolívar.

Algunos biógrafos destacan que era un gran seductor de mujeres; parece ser que no solo las encantaba con su porte y su elegancia, sino que las atraía con sus ideas e incitaba a las “señoras americanas” a comprometerse con la militancia. Por otra parte, fue uno de los pioneros en impulsar la libertad de vientres y la abolición de la Inquisición. Sus detractores trataron de discriminarlo por su origen africano o indígena y, para descalificarlo, lo tildaban de mulato o zambo cuando se referían a él. Investigando sobre su imagen, encontramos que no hay una uniformidad en sus retratos, ya que en algunos aparece con una tez blanca y, en otros, negra; siempre con la reconocida elegancia que lo distinguía.

Los caminos contradictorios hicieron que el 28 de enero de 1825 Monteagudo fuera asesinado en Lima por el negro Candelario Espinoza, y así su muerte quedó envuelta en un enigma que hasta ahora sigue siendo indescifrable.

La prócer parda olvidada por la historia

Parda según el sistema colonial de castas, María Remedios del Valle fue una heroína invisibilizada, omitida en la historia argentina. Aunque no existe el femenino de este término, fue una verdadera prócer. Formó parte de la defensa de la ciudad de Buenos Aires en la Segunda Invasión Inglesa y también fue miembro del Ejército del Norte durante la Guerra de la Independencia, donde el campo de batalla se cobró la vida de su marido e hijos. Mientras se iba gestando la batalla del Tucumán, María Remedios, que ya tenía en su haber otros enfrentamientos bélicos, se alistó para la primera expedición del Alto Perú y se acercó a Manuel Belgrano para poder enfilarse en su ejército. La primera reacción del general fue el rechazo; sin embargo, María Remedios no claudicó, sino que fue al frente y asistió a los soldados como una efectiva enfermera. Fue bautizada con el título simbólico de “Madre de la Patria”. Tras el éxito en esa batalla, Manuel Belgrano la distinguió como “Capitana” de su ejército.

Esta valiente mujer siguió fiel a la lucha. Durante la batalla de Ayohúma, fue blanco de las balas y hasta fue sometida a nueve días de azotes por colaborar en la huida de los soldados de sus filas.

Tanta entrega solo le dejó cicatrices imborrables en su cuerpo. A pesar de las distinciones recibidas, terminó mendigando en la icónica Plaza de Mayo, despojada de todos los honores propios del Ejército y sin percibir lo que correspondía por su aporte a la defensa de la patria. Recién en 2013 recibió un homenaje póstumo cuando se estableció el 8 de diciembre, fecha de su muerte, como “Día Nacional de los/as afroargentinos/as y de la cultura afro”.

¿Cómo llegaron los esclavos al territorio argentino?

En la época de la Colonia, los esclavos eran considerados cosas y no personas. Los jesuitas poseían la mayor cantidad de esclavos en Santiago del Estero, la Madre de Ciudades: contaban con 300 esclavos, cifra que representaba la mitad del total de los existentes en la zona. Las órdenes religiosas de la época no cuestionaban la institución de la esclavitud. En el territorio argentino fue muy importante el negocio de negros, tanto que llegó a significar casi la mitad del total de los productos comercializados en el siglo XVIII.

Los famosos barcos negreros llegaban, desde la costa atlántica africana, atiborrados de esclavos que enfrentaban un penoso viaje de 90 días, atados con argollas en el cuello e inmovilizados con dos grillos en los pies. Solo recibían una ración diaria de harina de maíz o mijo crudo. El ambiente insalubre de la bodega hacía que se infectaran; además sufrían las mordeduras de los roedores, y tenían escaras en la piel y hasta los dedos necrosados. Transitaban el viaje en un ambiente nauseabundo, provocado por los tanques de excrementos que los rodeaba. Solo salían a la superficie los hombres más fuertes, quienes debían arrojar al mar los cadáveres.

Los registros dan fe de que en Montevideo desembarcaron 100.000 africanos. Una vez en el puerto Oriental, se les exigía lavarse con agua de mar, lo que les provocaba un gran dolor por las llagas en el cuerpo. Luego los negreros los exhibían a los compradores; entre los mismos, algunos esperaban las piezas que ya habían reservado con anterioridad. Las mujeres y las niñas, que eran exhibidas con sus pechos desnudos, valían según su edad, y si se habían reproducido o traían niños con ellas. Las jóvenes y vírgenes eran las que mejor se cotizaban y, a su vez, las que más rápido se vendían, pues cumplían con la función de satisfacer sexualmente al amo y a sus hijos varones.

¿Cuánto costaba un esclavo en el año 1700?

En aquella época, se pagaba hasta 400 pesos por la mejor “mercadería”. Con esa suma de dinero, se podía costear un entierro, que incluía el cajón, la mortaja, las velas y todas las misas que se estilaba realizar para honrar al difunto. Era usual la práctica de vender a un esclavo para pagar el funeral del amo.

Finalizada la transacción de la venta, llegaba la hora de la carimba: los propietarios marcaban a fuego la cara, el brazo y el pecho de los esclavos con un sello que duraba toda la vida; este se sumaba al primero que habían recibido en África por los avanzadotes, los cazadores de esclavos.

Luego llegaba el momento de la cuarentena. Como ocurre en la actualidad, la cuarentena servía para impedir los contagios. En el siglo XVIII, se recurría a ella para evitar la viruela y las fiebres africanas, entre otras pestes. Durante esos 40 días, los esclavos se curaban las sarnas y las llagas, y recibían una comida más sustanciosa para recomponer el cuerpo. Los que estaban sanos solo eran aislados por diez días en las barracas y después eran entregados a sus nuevos amos.

En la capital porteña, en el actual barrio de Barracas, que en aquella época era una zona baja y pantanosa, se encontraban unos depósitos de cuero y carne salada donde permanecían allí los esclavos recién llegados. En las inmediaciones del Riachuelo, en el barrio de la Boca, también vivían negros. En los barrios de Monserrat y San Nicolás, habitaban los mulatos.

Por la libertad de los esclavos

En la Buenos Aires colonial, vivió Mama Antula, una mujer laica que fundó, en Avenida Independencia 1190, la Casa de Ejercicios Espirituales, el monumento histórico más antiguo que sigue en pie en la ciudad. Había llegado caminando desde Santiago del Estero, descalza. Pionera en la defensa de la libertad y el bienestar de los esclavos, el día anterior a su muerte escribió su testamento, en el que establecía que sus tres esclavos viejitos e inútiles llamados Simón, Domingo y María se mantuvieran en su casa con el sustento hasta su muerte; mientras que a un negro mozo, llamado Pascual, le concedía la libertad a cambio de que el resto de sus días colaborara en su casa.

Mama Antula, realmente una precursora en la defensa de los derechos humanos, siempre se ocupó de los más desamparados, pobres y últimos, y pronto será la primera santa mujer argentina.

Si bien constitucionalmente se abolió la esclavitud en 1853, el estigma de tener la piel negra u oscura sigue como una llaga entre los argentinos. Quedaron borradas de la memoria y de la historia sus raíces negras. El olvido silenció una realidad: cuando se gestó la patria argentina, casi la mitad de la población era negra.

Nunzia Locatelli y Cintia Suarez (publicado por Infobae.com el 20/06/2020)

Fuente https://www.infobae.com/sociedad/2020/06/20/las-raices-negras-olvidadas-de-los-argentinos/