La romántica y aventurera vida de Giuseppe Garibaldi, el “héroe de dos mundos” que unificó Italia y luchó en Sudamérica

“No hay ningún caso en el que la aparición de un personaje público en Gran Bretaña, nativo o extranjero, haya producido un entusiasmo más profundo o más universal”. Así comentaba el corresponsal en Londres del diario The New York Times la llegada a Londres, el 16 de abril de 1864, de un italiano de unos cincuenta años, con una mirada carismática, una barba que le adornaba el rostro ovalado y un llamativo poncho colorado.

En otra crónica del evento, un periodista del periódico The Guardian recalcaba cómo para ver a ese popular personaje se habían congregado en el centro de la capital británica miles de personas que vitoreaban su nombre: “¡Garibaldi! ¡Garibaldi forever!”El carruaje que transportaba al general de la estación de trenes de Nine Elms a la residencia Lancaster, donde era invitado de honor de los duques de Sutherland, tardó más de cinco horas en recorrer la distancia de menos de cuatro kilómetros. “La aristocracia rivalizaba con la plebe”, comentaba The New York Times, “y los hombres de la más alta posición oficial se enorgullecían de dar la bienvenida al revolucionario de camisa roja”.

No era la primera vez que Garibaldi despertaba pasiones en Reino Unido. Ya había visitado la isla unos años antes y a raíz de ese viaje se comercializó una galleta con su nombre y el recién fundado equipo de fútbol del Nottingham Forest decidió adoptar el rojo para sus camisetas, en honor a las tropas del general italiano. “Fue como si hoy U2 o Bruce Springsten salieran a la calle”, comenta a BBC Mundo el historiador Carmine Pinto, director del Instituto para la Historia del Resurgimiento Italiano en Roma.

160 años después de aquellas visitas, tanto la galleta como los uniformes siguen existiendo, y el mito de Garibaldi, el “héroe del viejo y del nuevo mundo”, tal como lo bautizó el escritor francés Alejandro Dumas, sigue prácticamente intacto. “Garibaldi encarna a la perfección al héroe romántico del siglo XIX, con su lucha idealista en las causas nacionales, su carisma y su liderazgo”, añade Arianna Arisi Rota, profesora de Historia Contemporánea de la Universidad de Pavía. “Y en su vida cabe todo el siglo XIX”.

Ciudadano del mundo

Giuseppe Garibaldi nace en 1807 en Niza, que en esos años pertenecía a Francia, en una familia de marineros de Génova, por aquel entonces el puerto principal del Reino de Cerdeña. Empieza muy joven a trabajar como grumete y marinero en barcos comerciales que surcan el Mediterráneo y el mar Negro. En esos años entra en contacto con las ideas políticas reformistas que inflamaban la Europa del siglo XIX.

En 1833 Garibaldi tenía 26 años y estaba a punto de poner rumbo a Rusia desde el puerto de Marsella con su barco mercantil llamado “Clorinda”. En aquella época, Costantinopla, la capital de Turquía, era refugio de exiliados políticos europeos y allí pararía el “Clorinda” para desembarcar a trece pasajeros, seguidores de las teorías socialistas del filósofo Henri de Saint-Simon. Durante esa travesía por el Mediterráneo, el líder de ese grupo, Emile Barrault, ilustró a Garibaldi sobre algunas de las ideas por las que abogaban: el pacifismo, el igualitarismo, la paridad entre hombres y mujeres y el amor libre.

Años más tarde, Garibaldi explicaría a Dumas, quien redactaría las primeras “Memorias” del general italiano, cómo un concepto de Barrault fue particularmente decisivo para su formación política. “El hombre que defiende a su país o que ataca a otro país no es más que un soldado, misericordioso en la primera hipótesis, injusto en la segunda”, le contó Garibaldi al autor de la novela “El conde de Montecristo”. “En cambio, el hombre que, volviéndose cosmopolita, adopta la humanidad como patria y va a ofrecer su espada y su sangre a todo pueblo que lucha contra la tiranía es más que un soldado: es un héroe“.

A bordo de ese barco, “bajo un cielo estrellado y sobre un mar cuya brisa parece llena de generosas aspiraciones”, como apuntaría en sus memorias, Garibaldi entendió que quería ser ese héroe y dedicaría el resto de su vida a conseguirlo. De regreso a Italia, se afilió al grupo de La Giovine Italia (La Joven Italia), una sociedad secreta formada para promover la unificación fundada por otro patriota genovés, Giuseppe Mazzini. Garibaldi participó en un intento insurreccional en Génova, pero la expedición fracasó y se vio obligado a refugiarse en Marsella, donde le llegó la noticia de que lo habían condenado a muerte.

Corsario en la Revolución Farroupilha en Brasil

Siguió viajando por el Mediterráneo con un nombre falso, hasta que en 1836 puso rumbo a Río de Janeiro. En Brasil, Garibaldi empezó a comerciar con pasta, consolidó su formación política, formó parte de la Masonería y entró en contacto con Bento Gonçalves da Silva.

Este había sido nombrado presidente de la República del Río Grande, aunque en ese momento estaba detenido por haberse rebelado contra el gobierno imperial brasileño. De hecho, su arresto desencadenó la Revolución Farroupilha, también conocida como la Guerra de los Farrapos (1835-1845) en las entonces provincias de Río Grande del Sur y Santa Catarina (República Juliana), en el sur de Brasil.

En 1837, Garibaldi, “cansado de arrastrar una existencia inútil”, como explica en una carta a un amigo, consiguió una patente de corso por parte de Gonçalves da Silva y luego comandó su flota de guerra contra la armada brasileña. “El aporte de Garibaldi fue fundamental bajo dos puntos de vista”, explica la historiadora Maria Medianeira Padoin, profesora de la Universidade Federal de Santa Maria, en Rio Grande do Sul.

“Por un lado aportó sus conocimientos militares, empleando tácticas eficaces de combate en el agua, tanto en el mar como en el río, y contribuyendo a la formación de los astilleros militares de la zona”. “Por el otro”, sigue Medianeira Padoin, gracias a “su personalidad carismática difundió sus ideales de igualdad y de lucha por la libertad”. Durante los cuatro años en los que combatió en la Revolución Farroupilha, Garibaldi fue capturado y torturado, sufrió un naufragio y conoció al que sería el amor de su vida, Anna Maria Ribeiro da Silva, “Anita”.

“La de mis bisabuelos fue una historia muy romántica“, comenta Annita Garibaldi Jallet, historiadora y presidenta de la Associazione Nazionale Veterani E Reduci Garibaldini de Italia. Anita tenía 18 años y estaba casada cuando se enamoró del guerrillero italiano. Abandonó a su marido, empezó a vestir ropa masculina para poder montar a caballo y peleó junto a Garibaldi en todas las campañas militares en tierras brasileñas. Lograron casarse en 1842 y tuvieron tres hijos: Menotti, Teresita y Ricciotti, el abuelo de Anita Garibaldi Jallet.

La consagración militar en Uruguay

Hacia 1841 Garibaldi dejó de combatir en la Revolución Farroupilha y se asentó en Montevideo, Uruguay, donde residía una numerosa comunidad de exiliados y emigrantes italianos. Al cabo de poco se involucró en la Guerra Grande, un largo y complejo conflicto entre el general Fructuoso Rivera y el entonces presidente uruguayo, Manuel Oribe, aliado de los federales argentinos liderados por el caudillo Juan Manuel de Rosas.

El conflicto trascendió las repúblicas platenses y contó con la intervención diplomática y militar de Brasil, Francia y del Imperio británico, además de la participación de fuerzas extranjeras. Garibaldi tomó partido por Rivera y creó la Legión Italiana, que bajo su liderazgo obtuvo victorias en Colonia del Sacramento, Gualeguaychú, en la defensa de Montevideo y en la batalla de San Antonio, en el departamento de Salto.

Sin embargo, matiza Mario Etchechury, Investigador del ISHIR, Conicet de Rosario, en Argentina, “tratándose de una guerra civil, Garibaldi fue considerado un héroe del Partido Colorado, antes que de toda la nación, durante mucho tiempo”. “El hecho de que el primer monumento autorizado en Montevideo, junto con el del prócer José Artigas, fue al mismo Garibaldi”, sigue Etchechury, “se justifica por un lado por su importancia y, por el otro, porque aquel año gobernaba el mismo Partido Colorado, que aún hoy en día conserva en su sede un retrato del italiano”.

Además de por su arrojo en combate, la Legión Italiana se caracterizaba por un elemento que en breve irrumpiría en el imaginario popular como símbolo de valentía y entrega a las causas patrióticas: sus camisas rojas. Según varios historiadores, es probable que el emblema característico de las tropas de Garibaldi se debiera a un cargamento de telas rojas destinado a los trabajadores de los saladeros de Montevideo que el general italiano compró a bajo coste para vestir a sus soldados. “De la experiencia en Sudamérica Garibaldi se llevó seguramente la conciencia de ser un comandante carismático y las tácticas de guerrilla que emplearía eficazmente en las batallas en suelo italiano durante los años siguientes”, añade Medianeira Padoin.

Pero la formación de Garibaldi en el “Nuevo Mundo” no fue solo política y militar. En sus memorias cuenta cómo le cautivaron las inmensas praderas de las Pampas y la forma libre e independiente de vivir de sus habitantes, los gauchos. En ellos veía posiblemente la encarnación de sus ideas de libertad popular y sus capacidades de resistencia, su coraje y su frugalidad fueron una inspiración para sus campañas militares en Italia. Fue en esos años cuando, junto con el emblemático uniforme, nació el mito del “héroe de dos mundos” y la fama de Garibaldi empezó a circular también en Europa.

“O hacemos Italia o morimos”

Con la llegada del nuevo Papa Pío IX se proclamó la amnistía para que los exiliados italianos volvieran a su patria. Garibaldi regresó así con su familia y algunos de sus compañeros de lucha en América. Participó en varias batallas de la primera guerra de independencia contra el Imperio austrohúngaro (1848-1849) y luego en la defensa de la República de Roma contra los franceses (1849).

“Esos fueron los episodios que lo convirtieron mediáticamente en una estrella del romanticismo de la época”, explica el historiador Carmine Pinto. “Si bien las batallas habían fracasado militarmente, sus ideas habían ganado la guerra de las ideas“. Durante la huida de Roma, Anita murió de malaria en los brazos de Garibaldi, quien en los meses siguientes decidió emprender rumbo hacia América.

Fue primero a Nueva York, donde trabajó en una fábrica de velas, luego hacia el Caribe y Perú, donde se ocupó del comercio de guano entre el puerto de Callao y China. A mediados de los años 50 volvió a Europa y en 1859 ganó varias batallas decisivas en la segunda guerra de independencia italiana (1859) con su ejército de voluntarios llamado Cazadores de los Alpes. Pero fue al año siguiente cuando su fama de estratega militar alcanzó la cumbre, con la llamada Expedición de los Mil. La también conocida como expedición de los camisas rojas consistió en un contingente de mil ochenta y nueve voluntarios que partió de la playa de Quarto, cerca de Génova, y desembarcó en Sicilia.

En pocos meses conquistó todo el Reino de las Dos Sicilias, patrimonio de la Casa de Borbón, lo cual llevó a su disolución y anexión por parte del Reino de Cerdeña, un importante paso en la creación del Reino de Italia. Con el encuentro entre Giuseppe Garibaldi y el rey Víctor Manuel II en Teano, cerca de Nápoles, el 26 de octubre de 1860, se concluye la Expedición de los Mil. Seis meses después, el 17 de marzo de 1861, el rey proclamó el nacimiento del Reino de Italia y Garibaldi se consagró definitivamente como patriota.

Un mito en vida

En los años siguientes Garibaldi participó en otras batallas: para la liberación de Roma (1862), que seguía formando parte del Estado Pontificio; en la Tercera guerra de independencia (1866), y a favor de la república francesa contra las tropas prusianas (1871).

Dos años antes de su visita a Londres, el presidente de Estados Unidos Abraham Lincoln, desesperado por las derrotas causadas por el ejército confederado durante la guerra civil estadounidense, ofreció el mando de las fuerzas del norte al general italiano. Garibaldi le contestó que estaba dispuesto a aceptar su oferta, pero con una condición: que el objetivo declarado de la guerra fuera la abolición de la esclavitud. Pero en esa etapa, Lincoln aún no estaba preparado para hacer tal declaración, por temor a empeorar una crisis agrícola, y el trato con Garibaldi nunca se concretó.

En los últimos años de su vida alternó la actividad política con el retiro en la pequeña isla de Caprera, donde murió el 2 de junio de 1882. Durante los 75 años de su vida fue detenido nueve veces por la policía de distintos países y condenado a muerte por el Reino de Cerdeña. Fue asaltado por piratas y herido de gravedad varias veces en batalla. Integró varios Parlamentos y fue general de varios ejércitos. Se casó tres veces y tuvo al menos ocho hijos. Escribió novelas, poemas y varias memorias. Pero, sobre todo, se convirtió en un pilar inquebrantable de la retórica patriótica italiana: aún hoy el de Garibaldi es segundo en la lista de los nombre más comunes de calles y plaza en Italia, solo superado por el de Roma.

“El de Garibaldi es un caso único en el mundo de construcción del mito en vida“, comenta Arisi Rota, autora del libro “El Risorgimento. Un viaje político y sentimental a la unidad de Italia”, que pronto será traducido al castellano. “En el imaginario popular se convierte en un ícono cristológico. Había hasta figuritas que lo representaban crucificado”.

Las presuntas controversias

En los últimos años, sin embargo, la opinión pública italiana se ha visto envuelta en una lectura no canónica del Risorgimento por parte de algunos periodistas que niegan la retórica patriótica que acompaña el proceso de unificación italiana y sus protagonistas.

El periodista Pino Aprile publicó en 2010 un ensayo llamado provocativamente Terroni (la manera despectiva con la que son apodados los italianos del sur), que se ha vuelto un best-seller en el país europeo. La tesis de Aprile es que la unificación de Italia dañó al sur y convirtió a sus habitantes en italianos de segunda categoría. “Al sur de Italia le han hecho lo que los españoles hicieron en la conquista de Latinoamérica”, afirma Aprile a BBC Mundo.

“Garibaldi era un hombre complejo, de su tiempo, y seguramente tenía el ardor de lograr la unidad de Italia”. “Pero”, añade Aprile, “¡también fue un tipo muy listo! No solo se empleó en el tráfico de esclavos entre China y Perú, también luchó por los intereses de los poderosos a costa del pueblo y por ello acumuló enormes fortunas personales”. Las tesis de Aprile, sin embargo, han sido acusadas de tener poco o nulo fundamento por gran parte de la comunidad académica y también los historiadores italianos consultados por este reportaje han calificado sus tesis de “no creíbles”.

“A algunos Garibaldi les parecerá un héroe, mientras que otros no estarán de acuerdo con sus ideas y sus posiciones”, dice Annita Garibaldi Jellet. “A mí lo que me habría gustado es tener a un bisabuelo de carne y hueso con quien jugar”.