La mentalidad totalitaria persiste

No creo que los kirchneristas conozcan la historia del peronismo. Es probable que hayan ingerido pequeñas píldoras, leído los clásicos del “socialismo nacional”, asimilado cierta catequesis. Sin embargo, hacen lo que el peronismo hizo, dicen lo que dijo, siguen las huellas que dejó. ¿Coincidencia?

¿O la mentalidad totalitaria es una herencia genética – una “cultura”, dirían algunos – a la que nadie hizo nunca frente? Tomemos el caso de la dirigente exigiendo aplausos para Cristina Kirchner. ¡Qué demonios! ¡La fe debe ser exhibida, gritada, reivindicada!

Los que evocan a Stalin o Mussolini tienen razón: de esto se trata. Pero no importa viajar mucho en el espacio, basta con hacerlo un poco en el tiempo: en 1950, Eva Perón ordenó a la prensa arremeter contra los diplomáticos “culpables” de no haberla aplaudido durante un discurso. ¡Qué tormenta con las cancillerías extranjeras!

Sí, porque antes de ser un régimen político el totalitarismo es una mentalidad. Y donde se impone un régimen totalitario, se puede estar seguro que más que en la fuerza se apoyará en la mentalidad totalitaria latente entre la población.

¿Por qué, si no, todos los regímenes totalitarios fueron tan populares? ¿Por qué gozaron de tanta aprobación durante tanto tiempo? Antes de buscarla en los tiranos y sus aparatos, la semilla del totalitarismo deberíamos buscarla entre nosotros, dentro de nosotros.

Para identificar la actitud totalitaria, hay por tanto que entender que el totalitarismo no es un producto industrial, no viene con todas los extras incorporados, como la Hitlerjugend o los Comité de Defensa de la Revolución, los Balilla, el Komsomol o las Veinte Verdades. Es ante todo un impulso de unanimidad, una nostalgia por un mundo armonioso idealizado, un sueño de unidad de fe o ideología, de una cultura y un pueblo puros, incontaminados: ein Volk, ein Reich…; un mundo libre de la molestia del conflicto, la imperfección, la herejía, de los imprevistos de la historia.

La mentalidad totalitaria no desdeña los medios más modernos para alcanzar el objetivo más antiguo: erradicar las raíces del “desencanto del mundo” y restaurar el Reino, volver al seno protector de la comunidad.

En cuanto pulsión, el totalitarismo no existe en estado puro, nunca es verdaderamente “total”. Mientras unos pagan el precio de su furia unanimista, muchos otros se conforman; así sucedió en los fascismos y comunismos. Precisamente porque es un impulso y una mentalidad, le es fácil confundir huellas, esconderse entre las hojas, vestir todos los colores, incluido el de la democracia.

Que hoy casi no existan regímenes totalitarios, por tanto, no debe engañar: la mentalidad totalitaria no ha desaparecido, al contrario, está más viva que nunca y explica que muchas democracias se vuelvan iliberales.

Encontramos rastros de ella por todas partes, en los grandes escenarios políticos y en la rutina diaria. La mentalidad totalitaria es apta para todos los géneros: culta o popular, trágica o ridícula, solemne o grotesca, habita todos los planos de nuestras sociedades. El primer indicio de su presencia, sin embargo, es siempre el mismo: al totalitario no le alcanza con el poder, con predicar su fe, con expresar su ideología. Exige que todos la proclamen, que los fieles la propaguen, que se castigue al hereje, que se reclute y movilice a los pasivos. No tolera la timidez y los matices, ¡ay de los escépticos y neutrales!

Cuando el Presidente canta las alabanzas a su gobierno exagera, pero es su derecho; si, sin embargo, añade que nadie puede dudar de ellas, el que sale es el enano totalitario. Cuando la vicepresidenta azota a sus oponentes, está en su papel; si, sin embargo, lo hace aludiendo a su pueblo como si fuera todo el pueblo, el enano asoma otra vez.

Cuando un intelectual ataca a otro estamos en la norma; pero si pide que lo echen de su universidad, ya no lo somos. Lo mismo cuando un edificio público se llama Kirchner pero Borges está censurado. Esto sucede con las estatuas y los libros escolares, la diplomacia y la administración pública. Piénsenlo, ¿cuántos casos similares se les ocurren?

La apoteosis de la mentalidad totalitaria fueron las exequias de Maradona, en Argentina y en otros lugares. No es de extrañar. El culto a los héroes es su líquido amniótico. Rendirle homenaje con la debida pasión era “su obligación moral”, se escuchó tronar contra los tibios. ¿Los indiferentes? Insultos. ¿Los críticos? Traidores. ¿Los sobrios? La mentalidad totalitaria exige pompa, no sobriedad.

Todo ya visto. Pasó lo mismo con la muerte de Eva, Castro, Chávez y muchos otros: dolor obligatorio, contrición de Estado. Escraches, actos de repudio, autodafé: la historia está llena de multitudes “patriotas” que se ensañan contra víctimas indefensas, de “pueblos” que imponen su “cultura” a los ciudadanos.

Al escuchar la crónica excitada de un vuelo intercontinental cargado con vacunas, es difícil permanecer serio. Ya sucedió con la exhumación chavista de las cenizas de Bolívar: una escena hilarante, un grosero despliegue de necrofilia. Pero cuidado con el escalofrío que sentimos por la espalda. Para la mentalidad totalitaria son epopeyas de “pueblos” devotos a una “patria” en busca de un “jefe”. Hay poco de qué reírse.

Loris Zanatta (publicado por Clarín el 02/01/2021)

Fuente: La mentalidad totalitaria persiste (clarin.com)