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julio 2024

Las ideas políticas se erigen como el principal factor de discriminación en Argentina

Ni la raza y la clase social, ni la religión y la orientación sexual: los motivos por los que los argentinos dicen sufrir discriminación se relacionan con sus creencias políticas. Después de años de polarización alrededor de los gobiernos kirchneristas, ahora profundizada en torno a la figura del presidente ultraderechista Javier Milei, un estudio de la Universidad de Buenos Aires (UBA) indica que el 45,2% de las personas que se sintieron discriminadas fueron excluidas por su ideología. La mayoría de los casos afectó a las mujeres y se registró en las redes sociales y el espacio público.

Realizado por el Observatorio de Psicología Social Aplicada de la Facultad de Psicología (UBA), el estudio abarcó a 1.747 personas de todo el país entre el 19 y el 22 de junio. Un 35% de los consultados aseguró haber experimentado algún tipo de discriminación durante el último año. “Estos valores pueden estar reflejando solo la ‘punta del iceberg’. Muchos actos discriminatorios se encuentran naturalizados e invisibilizados y, lamentablemente, no son percibidos y condenados como tales”, advierte el informe de los investigadores del Conicet Joaquín Ungaretti y Edgardo Etchezahar.

Un 57% del total de las personas que sufrieron discriminación se identificaron como mujeres. “La diferencia en los niveles de discriminación percibida en función del género es una constante en los estudios sobre discriminación y constituye una verdadera problemática. Sistemáticamente, las mujeres reportan haber sido víctimas de discriminación en mayor medida que los hombres”, indican los autores del trabajo.

El principal motivo de discriminación alegado fue “ideología o creencias políticas”. Ungaretti y Etchezahar detallan que un estudio previo, fechado en 2020, había arrojado resultados similares “pese a que los actores y partidos políticos involucrados eran otros. Esto indicaría que décadas de extrema polarización política no han sido inocuas para las relaciones entre los ciudadanos argentinos. Por el contrario, se ha convertido en el eje central sobre el que gira el problema de la discriminación en la Argentina”, concluyen. La “grieta” es la denominación con que se popularizó en Argentina el enfrentamiento sistemático por razones políticas.

Otros factores de discriminación fueron, según los consultados, la edad (en un 18,8% de los casos), la condición fíisica o mental (14,4%), el género (12,4%), la religión (5,7%), el color de piel (1,8%), la orientación sexual (1,1%) y la etnia (0,6%).

Los hechos de discriminación se registraron principalmente en las redes sociales e internet, de acuerdo con lo que señaló el 23,7%. El espacio público fue señalado por el 21,1%. Luego siguieron el ámbito laboral (16,5%), el familiar (14,3%), el educativo (12,3%) y el entorno de amistades (12,1%). A partir de la correlación entre los motivos y los espacios de discriminación, los investigadores infieren que hoy en las redes sociales “se potencian las polarizaciones políticas y se vehicula la descarga emocional”. También allí “se potencian los estereotipos sobre la juventud y los ideales de belleza imperantes”.

Víctimas y percepción

El estudio también indagó la percepción de los consultados sobre quiénes son las personas más discriminadas. El mayor nivel de prejuicio lo sufren los habitantes de asentamientos populares —denominados como “villeros”—, con 6,84 puntos en una escala del 1 al 10. Las personas en situación de pobreza (6,5) y los indígenas (6,24) están, asimismo, entre los grupos más discriminados. Otros grupos apuntados como víctimas son las personas con obesidad (6,16), con discapacidades (6,04), los homosexuales (5,92), los inmigrantes latinoamericanos (5,62), los adultos mayores (5,54), feministas (5,52) y mujeres (4,82). “En un contexto de profunda crisis económica”, explican los investigadores, “no llama la atención que los grupos percibidos como más discriminados sean quienes presentan mayor escasez de recursos económicos”.

Otro capítulo del estudio de la UBA se propuso rastrear los prejuicios de los consultados respecto de seis grupos sociales. Los niveles más altos de discriminación se dirigieron hacia los inmigrantes latinoamericanos, con 6,02 puntos en una escala del 1 al 10. Luego siguieron los prejuicios respecto de personas con discapacidad intelectual (5,92), hacia las mujeres (4,96), personas obesas (4,76), ancianos (4,76) y homosexuales (4,22).

Un dato saliente de las conclusiones del informe fue que “las personas de género masculino presentaron mayores niveles de prejuicio hacia casi todos los grupos considerados en comparación con el género femenino, a excepción del prejuicio hacia la homosexualidad”.

Javier Lorca (publicado por El País el 26/06/2027)

Fuente: Las ideas políticas se erigen como el principal factor de discriminación en Argentina | EL PAÍS Argentina (elpais.com)

En casa de los Medici: un viaje por la Florencia de la corte y del Renacimiento

En Florencia, la influyente familia de los Medici parece estar aguardándonos tras cada piedra, en cada iglesia, palazzo o jardín. Su huella está asociada a cada monumento emblemático de la ciudad toscana, o casi, y su blasón es como un leitmotiv que se repite en las callejuelas del centro histórico. Y no podía ser de otra forma: esta excepcional familia reinó aquí durante tres siglos, desde 1434, con Cosme de Medici, hasta 1737, con el gran duque Gian Gastone de Medici. El punto álgido fue la llegada al poder de Lorenzo de Medici, El Magnífico, sobrino de Cosme, estrechamente ligado al nacimiento y el desarrollo del Renacimiento, y a los más grandes artistas de la época.

Sin salir de la ciudad podemos reconocer la huella de los diferentes miembros de la familia, en particular en el Palazzo Medici-Riccardi que representa el auge de los Medici, a mediados del siglo XV. Renacimiento puro. Habían llegado un siglo antes, cuando, en 1348, la mortífera peste negra asoló gran parte de Europa y tras ella esta familia al­canzó el poder gracias a su habilidad para maniobrar entre bastidores en la política lo­cal. Cosme de Medici (más tar­de, Cosme el Viejo), heredó una inmensa fortuna de su padre, Giovanni di Bicci, y consolidó su influencia en Florencia sin llegar a ocupar cargos públicos, pero apoyando a hombres de su confianza en las instituciones.

En 1444, Cosme encargó al arquitecto Mi­chelozzo la construcción de su palacio en San Lorenzo, en el centro de Florencia, desde donde ejer­ció como gobernante de facto. La basílica de San Lorenzo, el Museo Medici, la Biblioteca Laurenciana o el palacio de los Uffizi son algunas de las joyas más representativas, pero en cualquier rincón nos encontramos a los Medici o a cualquiera de los muchos artistas renacentistas que patrocinaron: Brunelleschi, Miguel Ángel, Alberti…

Pero los Medici no se conformaron con dotar a Florencia de magníficos edificios. También crearon, en los siglos XV y XVI, fantásticas villas en la campiña toscana rodeadas de maravillosos jardines. Estas mansiones, de nueva construcción o reformadas sobre antiguas fortalezas, eran lugares de descanso y diversión, residencias de verano en Toscana, en perfecta armonía con su entorno, aunque a veces también funcionaban como explotaciones agrícolas. Reflejaban la voluntad, novedosa para la época, de inscribir al hombre en la naturaleza. Y tras las huellas de los Medici, muchas grandes familias construyeron residencias similares. Algunas de estas villas pueden visitarse hoy. Otras están cerradas al público o sirven como espacios para eventos particulares.

Tras la pista de los Medici, por las calles de Florencia

Solo en Florencia, los Medici tenían varios palacios, que fueron cambiando como lugar de residencia: el Palazzo Medici Riccardi (de 1444 a 1549), el Palazzo Vecchio (1540 a 1560), el Palacio Pitti (de 1550 a 1738, cuando desaparece la dinastía) o el Casino Mediceo de San Marco. Pero al margen de los palacios, todo parece llevar la huella de esta poderosa familia a cuya sombra, y con su mecenazgo, florecieron los grandes talentos del Renacimiento.

Cualquier circuito florentino inspirado en los Medici realmente debería empezar en el Palazzo Medici Riccardi, la primera residencia oficial de la familia. Desde Via Cavour, a pocos pasos del Duomo y el mercado de San Lorenzo, se entra en el edificio por el elegante Cortile di Michelozzo, llamado así por el arquitecto que diseñó el edificio encargado por Cosme El Viejo en 1444. Una escalera en el patio conduce hasta la pieza central del palacio: la Cappella dei Magi, la hipnotizante capilla familiar privada con frescos de Benozzo Gozzoli. A continuación, se llega a otra de las joyas del edificio: la galería Luca Giordano, una sala barroca llena de espejos añadida cuando la familia Riccardi adquirió el edificio (1659) y donde se puede admirar la espectacular Apoteosi dei Medici (1685).

Otra opción es comenzar la ruta en el Museo de’ Medici. Inaugurado en 2019, en el 500º aniversario del nacimiento de Cosme I, en el elegante Palazzo di Sforza Almeni, era propiedad de los Medici y todavía luce su escudo de armas en la fachada. El museo recorre la genealogía de esta poderosa familia a través de experiencias audiovisuales, trajes de época, documentos y una fiel reconstrucción de la perdida corona ducal.

La Iglesia también estuvo bajo el poder de los omnipresentes Medici, que invirtieron parte de su fortuna en construir algunas iglesias que todavía hoy nos admiran, firmadas por nombres que forman parte de la historia del arte. En algunos casos, recurrieron a nuevas construcciones; en otros, partieron de iglesias medievales que restauraron con nuevos aires y estilos. Es el caso de la basílica de San Lorenzo, la iglesia familiar de los Medici, diseñada por Filippo Brunelleschi. Construida sobre los cimientos de una iglesia del siglo IV, esta armoniosa basílica sufrió una transformación radical durante el siglo XV, cuando los Medici la convirtieron su iglesia y mausoleo familiar, y financiaron su monumental expansión. Y aquí entran en escena algunos de los grandes del Renacimiento: en 1425, Brunelleschi presentó un nuevo diseño a Cosme el Viejo, cuya tumba descansa en la cripta, pero la renovación de la fachada estuvo a cargo de Miguel Ángel. Sin embargo, la obra, a base de mármol de Carrara, nunca se terminó, y la basílica ha mantenido su aspecto desnudo hasta hoy. Con todo, entre las columnas de piedra que bordean la nave principal hay magníficas obras de arte de Filippo Lippi o de Donatello.

Aunque Miguel Ángel nunca completó la fachada de la basílica, sus habilidades arquitectónicas se pueden admirar en la Sagrestia Nuova de San Lorenzo. Ahora forma parte del Museo delle Cappelle Medicee, obra maestra de Miguel Ángel, donde están enterrados algunos de los miembros más prominentes de la familia, como Lorenzo El Magnífico y su hermano Juliano. La sacristía es una maravilla escultural, con arcos, pilares, balaustradas y marcos de mármol simétricos, adornados con esculturas monumentales, cuyos detalles resaltan gracias a dos fuentes de luz natural, que Miguel Ángel consideraba como un elemento de diseño esencial.

En el interior de la basílica de San Lorenzo hay otro espacio extraordinario diseñado por Miguel Ángel: la biblioteca Medicea Laurenziana. Creada para albergar la vasta colección de Cosme El Viejo y Lorenzo El Magnífico, contiene una de las colecciones de manuscritos más importantes del mundo: más de 11.000 manuscritos, 1.681 libros del siglo XVI y la mayor colección de papiros egipcios de Italia. Además de ser un importante logro arquitectónico, es el testamento del cambio cultural hacia el humanismo que inició durante el primer Renacimiento Cosme El Viejo, el primer gobernador que entendió la importancia de la educación clásica para el florecimiento de la sociedad.

Arte, arte y más arte: la Galería de los Uffizi

El arte tiene su punto álgido en la Galería de los Uffizi, la gran galería de arte medieval y renacentista de Florencia. Cuando el primer gran duque de la Toscana Cosme I de Medici encargó esta galería, su objetivo era crear un lugar de trabajo para la magistratura gubernamental. El arquitecto de la corte, Giorgio Vasari, asumió el proyecto, pero la transformación gradual de un espacio funcional a una de las colecciones de arte más valiosas del mundo la inició el introvertido hijo de Cosme, Francisco I, que en 1581 decidió convertir la planta superior en una galería de pinturas, estatuas y objetos preciosos. El espacio fue acumulando obras de arte hasta que, en 1769, se abrió al público. Hoy, muestra la evolución del arte durante la Edad Media y el Renacimiento. Con pinturas de artistas como Giotto, Botticelli, Leonardo, Lippi, Rafael y Caravaggio es difícil señalar lo más destacado. Las secciones recién abiertas incluyen una sala dedicada a obras del siglo XVI nunca antes expuestas de artistas venecianos y florentinos como Tiziano, Rosso Fiorentino y Andrea del Sarto; y el fantástico Terrazzo delle Carte Geografiche, una sala con mapas del siglo XVI reabierta al público tras 20 años de renovación.

Al otro lado del río: el Palazzo Pitti y los jardines Boboli

El otro gran palazzo de Florencia está cruzando el río Arno por el famoso Ponte Vecchio. El Palazzo Pitti fue originalmente encargado a Brunelleschi por el banquero florentino Luca Pitti, en torno a 1440. Este imponente edificio fue la residencia de los gobernantes de la ciudad desde mediados del siglo XVI, cuando la mujer de Cosme I de Medici, Leonor de Toledo, enferma de tuberculosis, decidió trasladarse aquí desde el Palazzo Vecchio, con la esperanza de que eso beneficiaría su delicada salud. Poco después, los Medici lo eligieron como su nueva residencia oficial, y fueron ampliándolo y transformándolo en el majestuoso edificio en forma de herradura que se ve hoy. Tras el declive de los Medici en 1737, se convirtió en hogar de la dinastía Habsburgo-Lorena, y ahora alberga pinturas, esculturas y objetos históricos de incalculable valor.

Llaman especialmente la atención las sorprendentes “salas planetarias” diseñadas por Pietro da Cortona, en la Galería Palatina, junto con la mayor colección de retratos de Rafael. Aunque la cantidad de obras de arte puede ser abrumadora, conviene continuar con la visita hasta el Tesoro de los Grandes Duques, los antiguos apartamentos de verano de la familia Medici, donde esperan unos magníficos frescos en trampantojo.

Ligado al Pitti está el intrigante Palazzo Bianca Cappello, escenario de uno de los romances más célebres del Renacimiento. Ocurrió tras la fachada de intricada decoración de este palacio en el número 26 de de Via Maggio, adquirido en la década de 1570 por Francisco I de Medici para alojar a su amante veneciana Bianca Cappello. Cuenta la leyenda que un túnel secreto conectaba el edificio con el Palazzo Pitti, donde el gran duque vivía con su mujer, Juana de Austria, de modo que Francisco podía visitar a su amada evitando los chismorreos. El palacio es ahora un hotel de lujo con muebles refinados donde los servicios modernos se combinan con toques de glamur antiguo.

El broche final al paseo por la Florencia de los Medici pueden ser los Jardines de Boboli, que son mucho más que los jardines del Palazzo Pitti. Sería simple referirse a este espacio como un simple jardín: grutas monumentales, fuentes majestuosas y vistas excepcionales son elementos de la extensión de 45 hectáreas que dio paso a la tradición de los jardines de corte europeos. Es obligado dedicar unas horas a pasear por el gran anfiteatro detrás del palacio hasta los puntos de interés más destacados del parque, como la intricada gruta de Bernardo Buontalenti y el Museo delle Porcellane, situado en la neoclásica Palazzina del Cavaliere, en la parte superior del jardín.

Las villas mediceas, patrimonio mundial de la Unesco

Tal vez el Palazzo Pitti haya sido la residencia más imponente de Florencia, pero las posesiones de los Medici se extendieron más allá de la ciudad italiana. Ente los siglos XV y XVIII construyeron villas y jardines ornamentales dispersos por la Toscana, que son un ejemplo innovador de integración de la arquitectura en la naturaleza. Visitarlas puede ser una excusa perfecta para hacer un maravilloso viaje por la campiña toscana. A las 12 villas de los Medici declaradas patrimonio mundial de la Unesco en 2013, se une otro maravilloso jardín ornamental: el de Pratolino en Vaglia.

A diferencia de las fortificaciones de la Edad Media, las Ville Medicee no fueron diseñadas para afirmar el poder de los gobernantes, sino más bien para escapar de él. Eran espacios donde podían olvidar la política y dedicarse a la literatura, las artes y el descanso. Cerca de Florencia, por ejemplo, está la Villa di Castello, con sus elegantes jardines italianos aún intactos tras varios siglos: El nacimiento de Venus de Botticelli fue encargado originalmente para adornar esta residencia. Y a pocos kilómetros de Florencia encontramos obras maestras de la arquitectura, como la simétrica Villa Medici di Poggio a Caiano, diseñada por Giuliano da Sangallo para Lorenzo El Magnífico, o la villa medicea di Artimino La Ferdinanda, creada por Bernardo Buontalenti para Fernando I en 1596.

Las villas comenzaron a edificarse en el Quattrocento, cuando Cosme El Viejo mandó al arquitecto Michelozzo construir las villas de Careggi Fiesole, de aire todavía muy serio, pero con algunos elementos más palaciegos que comenzarán a ser frecuentes a partir de entonces: patios, logías y galerías y jardines. Lorenzo de Medici residió largos períodos en Careggi, donde solía reunir a la Academia Neoplatónica y el Cenáculo de Marsilio Ficino, y aquí murió en 1492. Poco a poco los Medici cercaron Florencia con sus villas, que se multiplicaron incluso en zonas alejadas de la capital del Gran Ducado de Toscana.

Cada miembro de la familia poseía su propia villa, su particular lugar de placer y entretenimiento y para realizar fiestas para el Gran Duque, que se trasladaba de una villa a otra: para la caza iba a PratolinoTrebbio Cafaggiolo; en la primavera quedaba en la Ambrogiana, mientras que en Artimino pasaba los días de julio en la frescura de las colinas.

El sistema de villas mediceas constituyó un microcosmos en torno al cual se desarrollaba la corte de los Medici, y son el máximo exponente de la arquitectura renacentista y barroca en la Toscana, lo que permite comparar la evolución de los estilos. Pero entre las villas hay de todo: desde las más simples casas rurales toscanas hasta grandes palacios. Estas villas no podían ser heredadas, adquiridas, embargadas o hechas construir más que exclusivamente por los Medici. A finales del Cinquecento, había al menos de 17 villas principales y en 1738, con la extinción de la casa Medici, todas las propiedades fueron transferidas a la dinastía Lorena. A estas villas se añadían otras menores, generalmente agrícolas, que en total llegaban a las 30 villas a las que se sumaban innumerables cotos de caza repartidos en toda la Toscana.

Hoy tienen varios destinos: algunas son verdaderos museos (La Petraia, Poggio a Caiano, Cerreto Guidi); otras están ocupadas por instituciones (como la de Castello, en la que el jardín es un museo, mientras la villa es la sede de la Accademia della Crusca, la academia de la lengua italiana); y otras más fueron vendidas o cedidas a particulares.

Algunas villas que merecen una parada

A poca distancia de Florencia por carretera encontramos ya la pri­mera de varias propiedades de la familia Medici: las tierras que hoy integran el Parco Medi­ceo di Pratolino, donde Fran­cisco I de Medici encargó construir una villa al arquitecto Ber­nardo Buontalenti. Tras la caída de los Medici, la casa fue abandonada y luego parcialmente demolida. Como testimonio de la época queda la escultura de Giambologna Gigante dell’Appennino (1580), con un colosal personaje barbudo (de 11 metros) símbolo de los Apeninos. La finca fue adqui­rida en 1872 por el conde ruso Pavel Pavlovich Demidov, que construyó la villa actual y restauró los jardines.

Más al norte, en San Piero a Sieve, encontramos la vi­lla medicea del Trebbio, uno de los primeros castillos que construyeron fuera de Florencia. Michelozzo, el arquitecto de la corte, bajo la dirección de Cosme El Viejo, renovó en 1429 el edificio, que domina el valle de Mugello, para que pareciera una fortaleza. Más tarde vivieron aquí Lorenzo El Magnífico y Cosme I, que acudían a cazar. En San Piero a Sieve también se puede visitar la Fortezza Medicea di San Martino, una de las mayores fortificaciones rurales de Europa, circundada por más de 1,5 kilómetros de murallas (no accesible al público).

Lorenzo El Magnífico también pasaba parte de su tiempo libre en la Villa di Cafaggiolo, otra propiedad en Muge­llo construida en 1451 por Michelozzo para Cosme El Viejo. Aquí, en 1576, Pedro de Medici estranguló a su esposa Diano­ra de Toledo; se dice que su fantasma aún vaga por la finca.

En Castello, siete kilómetros al noroeste de Florencia, conviven dos hermosas mansiones: la Villa della Petraia y la Di Castello. La primera está considerada como una de las más bellas, con unas vistas magníficas a Florencia desde una espléndida terraza también on vistas al valle del Arno. Los Medici encargaron al arquitecto, Bernardo Buontalenti, la transformación de esta antigua fortaleza. Su visita permite, sobre todo, descubrir las remodelaciones ordenadas en el siglo XIX por el rey Víctor Manuel II, que solía alojarse allí con Rosina Vercellana, llamada la Bella Rosina, su amante. A veces también es posible recorrer el romántico parque creado detrás de la mansión en la década de 1830. Su función era permitir el acceso a la Villa di Castello (siglos XIII-XVI), situada a 10 minutos caminando. Esta última, ahora sede de la Academia della Crusca (de la lengua italiana), no recibe visitas. Si que está abierto al público su jardín renacentista, concebido por Tribolo y Ammannati. Recuerda al jardín de Boboli, en cuya realización ambos habían participado: la misma ordenación geométrica de los parterres, la misma tendencia al manierismo y una cueva artificial con animales creados por Giambologna.

Lonely Planet (publicado por El País el 30/05/2024)

Fuente: En casa de los Medici: un viaje por la Florencia de la corte y del Renacimiento | Lonely | El Viajero | EL PAÍS (elpais.com)

San Remo más allá del ciclismo y las canciones: arquitectura, paseos frente al mar y mucha historia

San Remo es una ciudad en una especie de limbo desde muchas perspectivas. En italiano su nombre se escribe unido, mientras en nuestra lengua sus vocablos van separados. Además, esta localidad de poco más de 50.000 habitantes se halla a medio camino entre dos referencias de la gran línea de costa mediterránea de su perímetro, Niza y Génova. Ello, en vez de disuadirnos a visitarla, debería ser una invitación para hacerlo. La perla de la Liguria es conocida por cerrar una de las grandes clásicas ciclistas, la Milán-San Remo, y el legendario festival de la canción, una institución italiana con trascendencia más allá de notas y melodías.

Para ir a San Remo lo mejor es el tren. Su estación, inaugurada en 2001, es una rareza para este tipo de arquitectura, pues casi parece un búnker. Este extraño recibimiento se compensará a los pocos metros, cuando, camino del centro, topemos de sopetón con una iglesia ortodoxa rumana, preludio a maravillas futuras enmarcadas en el mismo credo.

Tras pasear, bien cobijados por la sombra, durante unos 10 minutos por Corso Garibaldi tendremos al alcance los hitos ciudadanos esenciales. Para verlos deberemos estructurar nuestro recorrido con cierta lógica si no queremos repetirnos.

San Remo ingresó en la historia a partir del siglo XIX. Su situación estratégica, rodeada de montañas con salida al mar, conllevó durante casi toda la Edad Media ser víctima de ataques de todo tipo, desde los temibles sarracenos hasta los insidiosos piratas, desplazándose los habitantes a las alturas del laberíntico barrio de La Pigna, así llamado por su forma, con tal de resguardarse de estos ataques.

El debut de La Pigna puede cifrarse al lado del Mercado mediante la torre sarracena, una construcción defensiva del siglo XIV. El antiguo meollo de la Ciudad de las Flores, patria del escritor Italo Calvino, rebosa de oratorios y templos católicos. Es muy recomendable verlos y para ello conviene tener mucha paciencia, pues lo normal, una vez en el interior del barrio, es encantarse ante la proliferación de callecitas curiosas con arcos y direcciones imprevisibles.

De esta arquitectura religiosa destacaríamos el oratorio renacentista de San Sebastián y el de Horacio, este último erigido a finales del siglo XIX. Asimismo, la ruta nos lo pone fácil en este sentido, pues La Pigna se corona muy a su manera con el bellísimo Santuario de la Madonna della Costa, azul en su fachada del Seicento y blanco en sus naves, de elaboración posterior y muy bien nutridas de un espectacular conjunto escultórico donde cada detalle es primordial pese a no contar su origen, debido a un marinero agradecido por salvarse de las incursiones corsarias.

Antes del santuario podremos descansar de tanta empinada subida en los Jardines de Regina Elena, ideales para admirar las vistas urbanas y orientarnos una vez descendamos, tras caracolear por lugares hacia el llano como la plaza de La Cisterna, promesa de modernidad, como si así la ciudad estructurara con claridad sus distintos estratos.

En medio de ambos, de lo antiguo y lo contemporáneo, se halla el hermoso limbo de la Catedral de San Siro, uno de los mayores ejemplos ligures de arquitectura románica, una bombonera fundamental bien rodeada de callecitas con sus correspondientes arcos y muchas terrazas como antesala a la Via Matteotti, el meollo tanto para turistas como para habitantes.

Esta línea recta hacia el mar conjuga todas las épocas de San Remo y une sus dos iconos más típicos: el teatro Aristón, sede del famoso festival, y el Casino, uno de los cuatro existentes en Italia. Inaugurado en 1905, representa a la perfección el espíritu de la Belle Époque, cuando acudían personas de todo el Viejo Mundo a tentar su suerte, algo resucitado con estrépito durante la Segunda Posguerra para alegría de periodistas, contentos con tanto desfile de celebrities, y dueños, eufóricos por el dinero ingresado.

Via Matteotti a simple vista puede parecer otra arteria prototípica de la actual Europa al reunir todas las marcas presentes en las principales calles del Continente. Su gracia reside en cómo brinda joyas patrimoniales casi en sordina. Una de ellas, frente al Aristón, es el palacio barroco Borea d’Olmo, con su doble fachada como museo estatuario al aire libre, coronada por una virgen ejecutada a manos de Giovanni Angelo Montorsoli, alumno de Michelangelo.

La culminación de Matteoti puede endulzarse con un helado, mucho más baratos que en Cannes y otras urbes cercanas, y rematarse con la iglesia del Cristo Salvador, el templo para la comunidad rusa. Lleva presente antes de la diáspora causada por la Revolución Rusa porque la nobleza del gran país eslavo amaba transcurrir sus veranos en la Costa Azul y la Riviera Ligur para disfrutar de sus aguas, playeras y termales. Esto lo atestigua todo el reguero de cúpulas de corte bizantino esparcidas por su geografía.

Desde la iglesia, una opción muy apetecible es acercarse al mar para mezclar cultura con ocio. La primera brilla en una bisagra del Corso Augusto Mombello, con el grupo escultórico a los caídos por la patria, y la fortaleza de Santa Tecla. La segunda copa nuestra mirada por el puerto con sus embarcaciones, indudable prueba de cómo el poder de la navegación comercial del Medioevo ha derivado en la ostentación de una nueva tipología de riqueza.

La morfología de la ciudad y su crecimiento se revelan por la ubicación de sus fincas y palacios. Una buena forma para redondear nuestro itinerario consistiría en rehacer lo caminado para descubrir el feudo de los residentes extranjeros de postín justo después de la estación ferroviaria.

A finales del siglo XIX, San Remo se erigió en un centro internacional de veraneo, no solo frecuentado por la frivolidad. Uno de los que establecieron su residencia en la localidad ligur fue Alfred Nobel. El creador del homónimo premio ordenó reconstruir en 1891 la villa de un farmacéutico para vivir sus últimos años en la tranquilidad de esos parajes.

Como vecinos, tenía a la familia suiza de los Ormond, quienes en 1887 reestructuraron tras un terremoto la Villa Rambaldi hasta darle su toque. Es magnífica tanto por finura como por el blanco predominante, complementado con el verde de sus jardines municipales, dotados de mucha variedad de flora y fauna, como la raíz de un árbol, frontera entre el ingreso y la vista a la mansión, hoy en día sede del Instituto Internacional de Derecho Humanitario.

Quien vaya a San Remo debe pasar casi de manera inevitable por Ventimiglia, encrucijada de frontera por excelencia entre Francia e Italia. Desde aquí recomendamos concederle unas horas porque nadie espera nada de ella, cuando en realidad, en su pequeñez, sorprende por cómo esconde su pasado, menos popular que el de nuestra protagonista, pero con argumentos muy fuertes para seducirnos y quedar en el recuerdo viajero.

Jordi Corominas i Julián (publicado por El País el 08/07/2024)

Fuente: San Remo más allá del ciclismo y las canciones: arquitectura, paseos frente al mar y mucha historia | El Viajero | EL PAÍS (elpais.com)

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