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enero 2021

Excesos, armas y guerras entre bandas: así son las fiestas clandestinas en barrios populares porteños

La temporada de verano acentuó la falta de cuidados pese a que la curva de contagio marcha en alza, y una de las mayores expresiones de ello son las fiestas clandestinas. Si bien en los balnearios son más frecuentes, en las villas 21-24 y Zavaleta, en la Ciudad de Buenos Aires, se celebran con la particularidad de ostentar y desafiar al bando enemigo, y culminar en sangrientas batallas.

En la esquina de Luna y California nace todo. Allí un grupo de delincuentes, entre ellos muchos menores, se abalanzan como pirañas sobre camioneros, automovilistas e incluso peatones, principalmente mujeres, para alzarse con diferentes botines. Claro está que los transportistas son la presa más deseada por los maleantes, por el suculento cargamento de sus camiones. Puesto que lo “recaudado” es destinado a las fiestas clandestinas, organizadas por los mismos autores del atraco.

Cuanto mayor sea el valor de lo sustraído, más lujoso será el evento, lujo que se cristaliza en la diversidad y calidad de bebidas alcohólicas. Ello es motivo de ostentación no sólo para los propios, sino para los ajenos al barrio 21-24, es decir, para quienes residen en Zavaleta. Es el premio simbólico del ataque delictivo cometido días antes, dado que posiciona a un bando sobre el otro, en la escala del delito.

A fin que eso suceda, se emplean dos métodos de difusión: las redes sociales y el boca a boca, este mucho más eficaz para atraer al oponente. “Los organizadores ya saben a quién contarle para que se enteren los de la Zavaleta”, le dijo a Crónica un vecino de la zona donde se desarrollan las fiestas. Para los visitantes, en tanto, el desafío es ir al barrio del enemigo, que constituye en la principal atracción de asistencia. En ese sentido, una autoridad que se desempeña entre ambos asentamientos reconoció que “la idea es concurrir para enfrentarse con los anfitriones de las clandestinas”.

A las mismas asisten 400 personas, y además del cruce de Luna y California, otro de los puntos de encuentro es la calle Iriarte, entre Luna y Alvarado, también corredor delictivo.

Respecto a la excesiva concurrencia, un integrante de una fuerza de seguridad detalló que “es una movida de boliche, no hay distanciamiento y te cortan la calle. En este contexto, la única forma de intervenir es si hay detonaciones, si no no actuamos porque no tenemos apoyo ni sabemos la reacción de la gente”.

En consecuencia, los incidentes están a la orden del día, llegando a desenlaces sumamente violentos, que se resuelven a los tiros, reiteradamente, para que algunos defiendan el honor de su territorio y los otros mancillarlo, con el afán de retornar a su barrio como héroes. De eso se tratan las fiestas clandestinas en dos grandes barrios urbanos de la Ciudad de Buenos Aires.

Matías Resano (publicado por Crónica el 17/01/2021)

Fuente: Excesos, armas y guerras entre bandas: las fiestas clandestinas en barrios populares porteños | Crónica | Firme junto al pueblo (cronica.com.ar)

Italia celebra el “día mundial de la pizza”

Debido a las restricciones y bloqueos de la emergencia sanitaria, especialmente por los encierros y limitaciones de áreas rojas y naranjas en Italia, desparramadas en vastas extensiones territoriales ante el aumento de los contagios, el Día de la Pizza será obligatoriamente festejarlo puertas adentro.

La fiesta de carácter internacional está establecida para cada domingo 17 de enero. Una jornada para celebrar uno de los platos más famosos de cocina tradicional tricolor.

La pizza es siempre un éxito y también suma un fuerte reconocimiento de la UNESCO al arte del sector pizzero napolitano, que según los registros en el período anterior a la pandemia, tenía capacidad para producir alrededor de ocho millones de pizzas al día, casi tres mil millones en un año para una facturación de 15 mil millones de euros y un movimiento económico de más de 30 mil millones, según encuestas y estudios del CNA, el ente agroalimentario italiano.

Los gustos y preferencias, según la Confederación Italiana de Artesanías y Pequeñas y Mediana Empresas medianas, en cambio, van en la dirección de la ronda tradicional y de la elaborada a la leña en el horno de piedra.

Así los gustos tradicionales se imponen sobre los gourmets con preferencias por la pizza marinara, margherita, napolitana o capricciosa.

Dos de cada tres italianos la prepararon al menos dos veces al mes esta típica comida en su casa, en promedio, es decir una vez más que en el año previo.

El interés por este plato con levadura es también atestiguado por el mundo de la comida a domicilio con un estudio de la consultora Deliveroo, que da fe de que ese escenario lo domina la pizza Margherita, la comida más ordenada por los italianos en 2020.

Las ciudades italianas que más aman sobre todo pedir pizza en casa, según un recuento de la comida entregada, son Fossano (Cuneo, norte), seguidas por Enna y Asís (Perugia, centro).

Además, se recordará también el reconocimiento de la UNESCO al arte de la elaboración pizzera napolitana, acuñada entre las herencias intangibles de la humanidad.

Fuente: Italia celebra el “día mundial de la pizza” | IMPULSO (impulsonegocios.com)

Alemania e Italia: divergencias y vínculos de dos importantes óperas políticas

Dos óperas de alto voltaje se representan en estas horas en los escenarios políticos italiano y alemán. Como no podría ser de otra manera, la primera está marcada por rasgos melodramáticos, giros abruptos del guion, coloraturas, momentos bufonescos, otros conmovedores y algunas individualidades de bel canto admirables; la otra discurre apoyada en mesurados recitativos, una extraordinaria compenetración orquestal y coral, momentos de grandiosidad. La política, como el arte, es el reflejo fiel del espíritu de los pueblos.

Ambas óperas tienen gran relevancia. En el caso de Alemania, con la elección del nuevo líder de la CDU este sábado, se da un paso muy importante en la definición del liderazgo post-Merkel. Quedarán otros pasos hasta aclarar quién asumirá la cancillería, pero es este un momento trascendental no solo para el país, sino para toda Europa. En caso de Italia, la crisis política desatada por la retirada del apoyo de Renzi al Ejecutivo capitaneado por Giuseppe Conte mantiene en vilo al país transalpino. En este caso también, toda Europa está interesada. De la ópera de Berlín depende el futuro liderazgo de la UE; de la de Roma, el devenir de la mayor bomba de relojería económica del club.

El papel hegemónico alemán se ha hecho evidente en la última década. Ejercido primero de forma reluctante, se ha ido afianzando y desenvolviendo con proyección cada vez más potente bajo la batuta de Merkel. El papel de riesgo italiano también se ha hecho evidente en esta última década. Italia, tercera economía de la UE por tamaño, tiene acumulada una deuda pública de alrededor del 160% del PIB; su tasa de crecimiento medio en la década anterior a la pandemia fue de un raquítico 0,2% anual; su perspectiva demográfica es pésima; el pesimismo cunde, una cuota significativa de sus mejores cerebros emigran; experimentos políticos con tintes desestabilizantes como la Liga de Salvini o el Movimiento 5 Estrellas han aflorado y llegado hasta el poder. Muchas nubes se adensan en el horizonte.

Con las diferencias interpretativas, ambas situaciones giran alrededor del concepto de continuidad o alteración. Continuidad si gana uno de los dos candidatos de corte moderado de la CDU o si Conte logra consolidar su mayoría; ruptura si se afirma Friedrich Merz, aspirante que vuela fuera de la estela de Merkel, o si cae Conte.

Las diferencias son evidentes e importantes. Pero mucho dicen también los vínculos o semejanzas entre ambos. No solo los históricos: por supuesto el derecho romano, manantial de organización social y pensamiento común; el cristianismo; o el propio amor a la ópera, nacida en Italia y elevada a algunas de sus máximas cotas en Alemania. También los contemporáneos. Por ejemplo, más allá de los estereotipos, obsérvese que el vigoroso entramado industrial del norte de Italia es quizá lo más parecido que haya en Europa al mítico Mittelstand alemán. Que las familias de ambos países comparten cierta aversión al endeudamiento. Que no solo, juntas, fueron fundadoras de la UE, sino que Italia —aunque con menos volumen que Alemania— ha sido durante tiempo contribuyente neta a la UE. El proyecto común se construye también con una mayor comprensión por parte del público de las verdades detrás del escenario.

Andrea Rizzi (publicado por El País el 15/01/2021)

Fuente: Alemania e Italia: divergencias y vínculos de dos importantes óperas políticas | Internacional | EL PAÍS (elpais.com)

El diablo vuelve al Parlamento italiano

Clemente Mastella es un personaje casi mitológico de la política italiana. Hoy puede parecer solo el alcalde de Benevento, una pequeña localidad de la región de Campania. Pero también fue ministro en los Gobiernos de Romano Prodi y de Silvio Berlusconi, urdidor de las tramas que tumbaron el del primero y, sobre todo, nítido destello de la los últimos estertores de la Democracia Cristiana (DC). De su parte más decadente. Clemente Mastella, que se define como un “transeúnte de la política”, ha vuelto. O nunca se fue, dirá él. Ahora, junto a su esposa y en medio del caos, se ha erigido en encargado de reunir al grupo de senadores que debería sustituir a los 18 parlamentarios de Matteo Renzi en el Senado para que el Ejecutivo de Giuseppe Conte pueda seguir adelante. La nueva mayonesa parlamentaria que evitaría la dimisión del primer ministro tendrá nombres de Forza Italia, del grupo mixto e, incluso, del partido de Renzi. En Italia los llaman “responsables”. El Palacio del Quirinal sugiere “constructores”. En el resto del mundo son tránsfugas: la clave de la política italiana de las últimas décadas.

El renacido Mastella, que también estuvo a punto de participar en la Isla de los Famosos, da entrevistas a todas horas. Se sabe importante. Pero lo es todavía más porque explica el modo de hacer de la política italiana en las últimas décadas. Da igual si el relato de la historia se empeña en clasificar los periodos con solemnes términos como Primera, Segunda o Tercera república. El modus operandi hoy es el mismo que sirvió a Giulio Andreotti para perpetuarse siete veces como primer ministro o a Silvio Berlusconi para cabalgar cuatro presidencias del Consejo, pese a todos sus escándalos. Renzi se llevará 18 senadores y hay que encontrar, como mínimo, a una quincena para superar levemente los 161 mínimos. Hasta el último minuto, si uno tiene algo que ofrecer antes del lunes, cuando Conte se someterá a la moción de confianza (el martes en el Senado), puede suceder todo y lo contrario en el Palacio Madama, sede del Senado. Es la hora de los profesionales de los pasillos, de personajes olvidados. Y el Parlamento italiano se dispone a sacar la vajilla buena para la ocasión. “Es posible formar el nuevo grupo”, susurra al teléfono uno de los elegidos.

Italia ha tenido 67 gobiernos y una treintena de primeros ministros distintos desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Esta legislatura va camino de poner en órbita el tercero y, si nadie lo remedia, su primer ministro volverá a ser elegido por séptima vez consecutiva sin haber pasado por las urnas (el último que obtuvo esa legitimidad fue Berlusconi en 2008). Hay muchos motivos. Puede que el origen fuese el temor a la vuelta de un monstruo como el que encarnó Mussolini. La protección fue un sistema político bicameral perfecto que, en realidad, genera bloqueos e inestabilidad (Renzi quiso liquidarlo con su fallida reforma). La promiscuidad entre partidos y la propensión a llegar a acuerdos de los italianos, en las antípodas del carácter español, lo empeoran.

La volatilidad, sin embargo, ha crecido en los últimos años. La inestabilidad de la llamada Primera República (del 1948 a 1994) fue una ilusión óptica. Gobernaba la DC y los pactos y las rupturas estaban pilotados, recuerda el politólogo y ensayista Giovanni Orsina. La crisis de los partidos políticos en los primeros años noventa llegó con los escándalos del caso de corrupción Tangentopoli, que tumbó a primeros ministros como Bettino Craxi. La estructura que mantenía en pie el país saltó por los aires y fue sustituida por Berlusconi. “Y Berlusconi es quien estructuró el sistema político, porque construyó la derecha a su alrededor y a la izquierda contra él. Tras ese esquema, quedaron solo pedazos de partidos, ninguno central. La crisis del berlusconismo dejó a Italia sin partidos, sin el propio Berlusconi y con una criatura bizarra e inestable como el Movimiento 5 Estrellas. Un partido que rechaza la organización de partido, la jerarquía y tiene a un cómico en el vértice. Si sumas todo eso obtienes el actual sistema político italiano que, básicamente, no existe ya. Y por eso puedes hacer una cosa y la contraria. Si no hay una lógica posible, solo quedan los objetivos personales”, apunta.

Riccardo Nencini es otro personaje que a casi nadie sonará, pero al que conviene prestar atención estos días. En las últimas elecciones se presentó con la marca del extinto Partido Socialista Italiano. No llegó al mínimo para que su formación entrase en el Senado, aunque logró un asiento aparentemente estéril. Pero todo en la política italiana se puede aprovechar. Renzi buscaba un símbolo cuando se escindió del Partido Democrático hace dos años para agrupar a los parlamentarios huidos bajo su nueva marca de Italia Viva. La cámara obliga a hacerlo bajo un marco legal presentado a las elecciones. En caso contrario, toca ir al grupo mixto. Y ahora Nencini, de quien nadie se acordaba, medita formar parte de los responsables y quizá se lleve su marca y deje al partido de Renzi sin paraguas en el Senado. Es su momento de gloria: “Excepto Obama y Tony Blair, creo en estas horas me han llamado todos. Me siento como Ulises en su barco, entre tormentas, pero con coherencia socialista nos dirigimos a Ítaca”. La isla griega sería hoy el pasado.

El último heredero

Giuseppe Conte es el último heredero de la Democracia Cristiana. El primer ministro, un profesor de derecho que tanto puede gobernar con la extrema derecha, como con los socialdemócratas, sabe que resistir y esperar pacientemente es ganar. Cuenta ahora con el apoyo de los dos partidos principales de la coalición de gobierno —Movimiento 5 Estrellas y el Partido Democrático— y con la complicidad total de otro de los grandes residuos democristianos: el presidente de la República, Sergio Mattarella. Él mismo está haciendo llamadas. Y en los pasillos del Senado comienzan las reuniones, las promesas e, incluso, la grabación de conversaciones de quienes tienen algo que ofrecer para no ser traicionados a en el último momento.

Las próximas horas, hasta que Conte someta su cargo a la votación de las cámaras y compruebe si su estrategia ha funcionado, Italia desempolvará sus viejas costumbres. Veremos el retorno también de personajes como Silvio Berlusconi, que no desperdiciará la ocasión para sacar tajada de un posible apoyo (entre 2006 y 2008 fue condenado en primer grado por pagar tres millones de euros para corromper a un senador y tumbar el Gobierno Prodi). También de actores políticos de reparto, que a cambio de la chaqueta nueva, disfrutarán en las próximas semanas —si el plan llega a buen puerto— de cargos o privilegios ministeriales. Y todo ello, patrocinado por el Movimiento 5 Estrellas, el partido que ganó las elecciones con un 33% bramando contra la casta, invocando un cambio de época y prometiendo que jamás habría pactado con los viejos partidos (lo ha hecho ya con casi todos). El Gatopardo de siempre, que todo cambiase para que todos siguiese igual.

Daniel Verdú (publicado por El País el 15/01/2021)

Irresponsable Renzi

Italia se adentra en una nueva crisis política que puede desembocar en el tercer Ejecutivo de esta legislatura. La ruptura del líder de Italia Viva y ex primer ministro, Matteo Renzi, con el Gobierno que lidera Giuseppe Conte abre un escenario incierto en el que no puede descartarse la convocatoria adelantada de elecciones. El país transalpino, en un momento de extrema fragilidad por la pandemia y la crisis económica, vuelve a dar muestras de su inestabilidad crónica. El momento elegido por Renzi, sin embargo, tiene pocos precedentes.

Italia devora un primer ministro cada 14 meses (67 Gobiernos desde la Segunda Guerra Mundial). El país se ha acostumbrado a navegar en una crisis política perenne. Un contexto en el que no sorprende el movimiento de palacio de Renzi, principal autor de las últimas crisis de Gobierno desde que descabalgó a su compañero de partido, Enrico Letta, de la presidencia del Consejo de Ministros para ocupar su lugar en 2014. Los argumentos esgrimidos ahora por el florentino, que denuncia las carencias de este Gobierno y un exceso de personalismo de Conte a la hora de tomar decisiones —como la gestión de los fondos de recuperación europeos—, pueden ser parcialmente compartidos. Pero el momento resulta totalmente inapropiado y sume al país en una incertidumbre perjudicial para sí mismo y para sus vecinos europeos.

La tarde que Renzi anunció que retiraba a sus dos ministras del Gobierno, Italia comunicó más de 15.000 casos de coronavirus en el país y 507 fallecidos. El país acaba de alargar el estado de emergencia y se encuentra en plena campaña de vacunación. Debe decidir también cómo gestiona la mayor asignación de fondos europeos para la pandemia (unos 230.000 millones de euros) y se dispone a inaugurar su presidencia del G-20. Renzi defiende que la pandemia no puede ser el único motivo que mantenga en pie este Gobierno. Pero ninguna de las razones esgrimidas, pese a su legitimidad, parece tan poderosa como para someter ahora al país al riesgo de meses de parálisis política que acarrearía un voto adelantado.

El presidente de la República, Sergio Mattarella, ha sido durante esta legislatura la única referencia estable de un país que se asomó peligrosamente al antieuropeísmo y a las políticas de ultraderecha durante el periodo en el que Matteo Salvini fue vicepresidente. Ahora deberá volver a pilotar una crisis política en circunstancias de excepcional gravedad. Conte busca nuevos apoyos para mantener la confianza de la mayoría del Parlamento y planeaba una votación para comprobarlo el lunes. Evitar un incierto y paralizante proceso electoral es necesario. También lo es lograrlo con una maniobra política transparente, que conforme una nueva mayoría clara y estable, como correctamente reclama Mattarella.

Fuente: Irresponsable Renzi | Opinión | EL PAÍS (elpais.com)

Renzi abre una crisis de Gobierno en Italia al retirar a sus ministras del Ejecutivo de Conte

El líder de Italia Viva, Matteo Renzi, ha cumplido finalmente con su amenaza y ha obligado a dimitir a las ministras de su partido del Gobierno de coalición italiano. El movimiento abre una crisis todavía sin una salida a la vista que provocará, con toda probabilidad, la dimisión del primer ministro Giuseppe Conte esta misma semana. Las incógnitas son muchas. Es incluso posible que el primer ministro sea nombrado de nuevo para encabezar un tercer Ejecutivo esta misma legislatura. Pero la situación del país es de extrema fragilidad y el presidente de la República, Sergio Mattarella, deberá ahora comenzar una ronda de consultas para encontrar una salida.

En 15 años, Alemania ha tenido a Angela Merkel al frente de todos los cambios. Italia, en cambio, ha sido capaz de poner en órbita a siete primeros ministros y a 10 Gobiernos distintos (va camino del tercero en esta legislatura). El país está acostumbrado a gobernarse en una crisis perenne, ya lo escribió Giulio Andreotti, siete veces primer ministro. Pero el movimiento de Renzi, que conduce a Italia a un nuevo escenario de cambio de Ejecutivo, llega en un momento delicadísimo que ni los italianos logran ya entender. En medio de una pandemia (el miércoles más de 15.000 casos de coronavirus en el país y 507 fallecidos), justo cuando tiene que decidirse el destino de casi 230.000 millones de euros que llegarán de la Unión Europea para salir de la crisis, o cuando el país tiene que presidir el G-20, Italia se dispone a buscar la fórmula para un probable tercer Gobierno en esta legislatura. “La pandemia no puede ser el único motivo por el que se mantiene en pie este Gobierno. Justamente porque hay pandemia se deben respetar las reglas democráticas. La democracia no es un reality show”, sentenció el líder de Italia Viva, el partido que fundó tras abandonar el PD y que hoy tiene apenas un 3% de apoyo en los sondeos.

Renzi compareció junto a sus ministras con 45 minutos de retraso. Toda Italia esperaba su veredicto final. Hasta el último minuto, el presidente de la República trató de mediar para que pudiera darse un acuerdo con el primer ministro. De hecho, Conte atendió a la prensa en la calle dos horas antes y tendió la mano para una posible reconciliación y ofreció un pacto de legislatura. Pero el discurso de Renzi, muy acelerado y vehemente, ha sido durísimo y ha reprochado al Gobierno decenas de problemas que van mucho más allá de lo que alegaba estos días para romper. “Este Ejecutivo no lee los documentos que aprueba”, llegó a decir. El problema es que Renzi sabe que la mayoría, tal y como se pudo comprobar poco después, piensa que está incendiando el país en una situación de fragilidad extrema. Pero se defendió: “No estamos haciendo nada irresponsable, solo que si hay una crisis política se afronta en las mesas políticas y no en las redes sociales”.

¿Qué sucede ahora? Conte subió la apuesta de Renzi el martes y aseguró que si el florentino derribaba el Gobierno, no volverían a formar uno juntos. La ruptura fue total, aunque luego haya intentado rebajar el tono. Nadie domina en Italia las partidas de ajedrez de palacio como el florentino, que ya se la jugó antes a Enrico Letta y a Matteo Salvini. Por eso el primer ministro no se fía de que pueda volver a apoyarle en un tercer Gobierno si dimite -tal y como dijo el líder de Italia Viva- y cree todavía que puede tener apoyo suficiente en el Senado para sustituir a los 18 parlamentarios de la formación de Renzi. Necesita unos 15 votos, pero Mattarella no quiere que sean francotiradores y ha pedido que quienes acepten ese papel de “responsables”, ya sean del grupo mixto o de la oposición, deben constituirse en una formación cerrada y bajo una sigla. La fórmula permitiría a Conte no tener ni siquiera que dimitir. Pero solo hay un precedente en la historia, cuando Berlusconi sobrevivió en 2010 a la salida del Gobierno de su aliado Gianfranco Fini (Alianza Nacional).

La realidad es que ahora mismo no parece que exista ese número de voluntarios para sostener a Conte. “Pero si los encuentran, buena suerte y buen trabajo”, dijo Renzi. El ex primer ministro, además, no está dispuesto a una simple remodelación del Ejecutivo. “Si las fuerzas políticas quieren resolver los problemas que tienen sobre la mesa, que lo hagan ya, sin posponerlo. Alguien tiene que tener el coraje de decir que el rey está desnudo. Y si hay que dimitir para eso, se hace”, dijo en rueda de prensa. De modo que el primer ministro, probablemente, tendrá que presentar su renuncia esta misma semana y el presidente de la República iniciará una ronda de consultas con los partidos para entender qué fórmula puede ser la más oportuna: un tercer Gobierno con Conte al frente, un nuevo candidato, un Gobierno técnico o unas elecciones (esta parece la más remota).

El presidente de la República está muy decepcionado por cómo han ido las cosas. Mattarella pidió en su mensaje de Fin de Año que se priorizase la unidad. Llamó expresamente a Renzi el pasado fin de semana para solicitarle que sus ministras no dimitiesen y subrayó en varias ocasiones que, en ningún caso, debía abocarse al país a una crisis ciega. Nada de esto ha sido atendido y ahora Mattarella deberá entrar en juego.

Renzi ha asegurado que no participará en un Gobierno en el que esté la derecha. “No haremos ningún acuerdo con la derecha, que tiene una mirada populista y soberanista sobre Europa”. Pero, en cambio, apoyaría a un Ejecutivo técnico y estaría también dispuesto a hacerlo de nuevo con Conte a cambio de una dimisión previa, pese a haberlo considerado inadecuado durante su rueda de prensa. Si eso sucediese, el actual primer ministro debería volver a ser nombrado en las Cámaras y se crearía un Ejecutivo diseñado desde cero. Esa siempre ha sido la opción preferida de Renzi. Especialmente porque le permitiría dar rienda suelta a su imaginación y decidir en el último momento si vuelve a dar su apoyo a Conte o, por el contrario, lo liquida.

Daniel Verdú (publicado por El País el 13/01/2021)

Fuente: Renzi abre una crisis de Gobierno en Italia al retirar a sus ministras del Ejecutivo de Conte | Internacional | EL PAÍS (elpais.com)

Las marchas sobre Roma y Washington

En uno de los pasajes más evocadores de En busca del tiempo perdido, el narrador describe la sugestión que le causó la observación de los dos campanarios de Martinville desde los cambiantes ángulos proporcionados por el movimiento de la carroza en la que viajaba. Quizá los campanarios puedan interpretarse también, metafóricamente, como acontecimientos sobresalientes —de la vida de uno o de la historia— en los que es enriquecedor fijarse desde distintos puntos de vista, en el tiempo.

El campanario hermano de lo ocurrido en Washington esta semana, en cierto sentido, puede considerarse la marcha sobre Roma, de la que el año que viene se cumplirá un siglo. Por supuesto hay profundas diferencias: lmarcha de Washington es un esperpéntico fracaso y la democracia de Estados Unidos sigue adelante; la de Roma alumbró el régimen fascista, experiencia piloto de las repugnantes réplicas que se produjeron en distintos lares de Europa. Pero hay algunos paralelismos entre estas hordas fascistoides que, a distancia de un siglo la una de la otra, se dirigen hacia el corazón político de países en momentos de dificultad. ¿Qué nos puede sugerir la observación de estos dos campanarios?

El dato crucial de la marcha sobre Roma es que, a pesar del belicoso nombre con el que pasó a la historia, sustancialmente no se produjo semejante cosa. Miles de fascistas se atestaron amenazantes cerca de Roma, sí. Pero como aceradamente escribió Denis Mack Smith en su Historia de Italia, “la marcha sobre Roma no fue otra cosa que un viaje en tren en respuesta a una explícita invitación del monarca”. No hicieron falta asaltos de milicianos fascistas o baños de sangre. El débil Estado italiano que no había levantado cabeza después de la Primera Guerra Mundial fue miope o cobarde en la gestión del pulso fascista. Pese a su fragilidad, las Fuerzas Armadas tenían capacidades suficientes para sobreponerse a las mal pertrechadas hordas fascistas, pero no recibieron las órdenes precisas para ello. Lo que no hubo fue la clarividencia y determinación política para afrontar el órdago adecuadamente.

Una mezquina mezcla de titubeos, miedos, y sobre todo cálculos de cooptación permitió al fascismo llegar al poder sin tener que asaltar las instituciones. Por supuesto, aunque en esa circunstancia definitiva no lo necesitaran, los fascistas habían dado ya sobradas muestras de su disposición a recurrir a la violencia para alcanzar sus fines. Por eso quienes contemporizaron o buscaron la cooptación merecen la rotunda condena de la historia: no había duda alguna.

En la Europa actual ningún actor político reseñable propugna el uso de la violencia, pero no escasean los dirigentes con dudosas credenciales democráticas que erosionan el Estado de derecho y el pluralismo. En la parte oriental se detectan desgarros del tejido; en la occidental, conatos de desgaste. En ambas partes, se acumula una base de malestar social que será material altamente inflamable. Si lo alimentó la crisis económica de hace una década —con la superposición del desafío migratorio—, es razonable pensar que la actual lo hará mucho más.

El episodio de Washington muestra que el paso desde el deterioro blando del Estado de derecho a las vías de facto es breve. Apaciguamiento, contemporización, técnicas de contención son errores. Titubeos y calculillos ventajistas se pueden pagar a caro precio. La respuesta correcta es volar los tacticismos, pegarse a los valores; firmeza democrática sin contemplaciones, con todos los instrumentos del Estado de derecho. Es lo que susurran los campanarios de Martinville.

Andrea Rizzi (publicado por El País el 08/01/2021)

Fuente: Las marchas sobre Roma y Washington | Internacional | EL PAÍS (elpais.com)

La agenda progresista de Argentina da oxígeno a la izquierda en América Latina

La ley de aborto legal aprobada en Argentina el 29 de diciembre interpela a la izquierda latinoamericana. Perdida la hegemonía del arranque del siglo, cuando casi todo el continente estaba dominado por Gobiernos progresistas, los contados regresos al poder se han visto lastrados por la crisis económica y, ahora, la pandemia. La recuperación de la agenda por los derechos sociales puede ser ahora el cemento de una nueva épica y dar oxígeno a la izquierda. Desde Argentina, Bolivia y México, donde la izquierda o las propuestas antiestablishment han vuelto al poder, pasando por los movimientos de insurrección ciudadana en Chile y Perú y los intentos de construcción política alternativa en Brasil o Colombia, los proyectos progresistas buscan la ruta que les permita revertir la actual hegemonía conservadora. El camino es largo. Si hablamos de aborto legal, solo Uruguay, Cuba, Guyana y la Guayana Francesa han avanzado. Y mientras la nueva ley sitúa Argentina a la vanguardia, países como México están, en su conjunto, aún muy lejos de ello, pese a las banderas que enarbola a Andrés Manuel López Obrador.

El presidente mexicano, que ha recibido repetidas críticas del movimiento feminista, defendió en la última conferencia de prensa del año que “las estructuras de poder” no deben intervenir en decisiones como la regulación de la interrupción del embarazo, donde, dijo, “hay puntos de vista a favor y en contra”. Su apuesta sería, en todo caso, convocar un referéndum. “Lo mejor es consultar a los ciudadanos y, en este caso, a las mujeres. Hay mecanismos para poder solicitar una consulta”. López Obrador evita así tomar partido al respecto en un país donde solo la Ciudad de México y el Estado de Oaxaca permiten el aborto libre y gratuito hasta la semana 12. Su posición no es, sin embargo, tan tajante como la de otros líderes latinoamericanos progresistas que no han renunciado a postulados tradicionalmente conservadores sobre el aborto. El dirigente opositor colombiano Gustavo Petro volvió a manifestar esta semana que el camino no es la prohibición, sino que hay que mejorar la educación si se quiere una “sociedad [con] cero aborto”. Más allá fue en su momento el exmandatario ecuatoriano Rafael Correa, quien amenazó con renunciar si la Asamblea aprobaba la legalización. “Yo jamás aprobaré la despenalización”, zanjó al comienzo de su último mandato, en 2013.

Parece una paradoja, pero sus palabras se parecen a las pronunciadas por Jair Bolsonaro en Brasil, un país que por su peso puede marcar la agenda regional y que se ha abrazado al extremismo conservador. El brasileño también ha sentido la onda expansiva iniciada en Buenos Aires. “En lo que dependa de mí y de mi Gobierno, el aborto jamás será aprobado en nuestro suelo”, escribió el presidente en Twitter. En Paraguay, el Parlamento hizo un minuto de silencio por “por las miles de vidas de los hermanos argentinos que se perderán antes de nacer”.

“Somos conscientes de que nos miran”, dice Vilma Ibarra, secretaria Legal y Técnica de la presidencia argentina e impulsora de la ley de interrupción del embarazo aprobada en el Congreso. “Sobre todo nos miran las mujeres. Nos abrazamos a otras experiencias porque sabemos que sin ellas no llegamos. A las mujeres argentinas nos costó, pero nos abrió camino España, Cuba, Uruguay, la ciudad de México. Lo bueno de esas luchas es acompañar y transmitir experiencias. Ahora vamos a poder transmitir experiencias en la región”, dice Ibarra en una conversación vía Zoom con corresponsales extranjeros.

El regreso de la agenda progresista en Argentina puede estimular movimientos semejantes en otros países. La experiencia boliviana, con el triunfo de Luis Arce un año después de la salida anticipada de Evo Morales, dio nuevo impulso a la idea del regreso. Pero los problemas económicos complican los planes de expansión. El costo político de un ajuste puede ser demasiado. “A la derecha, el discurso de menos Estado con ajuste fiscal le es natural. Pero a la izquierda, la promesa de una sociedad más igualitaria y con más Estado, en un momento con menos plata, ajuste fiscal y pandemia le resulta más complicado. Eso plantea la tentación de ir a las minorías, de una agenda de expansión de derechos civiles que no es solo el aborto. Se expande la idea indigenista, se vuelve a la agenda de largo plazo, de reforma cultural de la sociedad”, explica el periodista y analista Carlos Pagni, columnista de este periódico en temas latinoamericanos. Se trata, entonces, de reescribir los discursos, pero sin tropezar con las piedras que en el pasado la alejaron del poder.

A esas reflexiones se añaden los debates de corte religioso o relacionados con la influencia política de las iglesias que proliferan por América y que en algunos casos engrosan las filas de los llamados partidos-movimientos de izquierdas. “Hay un esfuerzo tácito por no meterse en temas que puedan desatar la ira de los evangélicos y los católicos, porque hay una gran parte de la población que no apoya ciertas agendas”, señala Sergio Guzmán, director de la consultora Colombia Risk Analysis. “América tiene una tasa de religiosidad entre el 60 y el 70%, en Latinoamérica hay más fervor religioso. Y a las iglesias se les está dando un papel determinante en las decisiones políticas en el continente. El mismo papa Francisco trató de mediar entre Juan Manuel Santos y Álvaro Uribe a propósito del proceso de paz”, continúa. La tendencia no es nueva, aunque hoy las organizaciones religiosas están más fragmentadas. En Colombia sigue activo el Ejército de Liberación Nacional (ELN), una guerrilla nacida a principios de los sesenta con un prontuario ideológico que mezclaba marxismo y teología de la liberación. Uno de sus padres fue precisamente el sacerdote guerrillero Camilo Torres. Y aunque este es un caso extremo, es significativo que el conservadurismo y el machismo hayan impregnado durante décadas también el ideario de organizaciones insurgentes, incluidas las extintas FARC. Hoy todavía, regímenes que se autodenominan como revolucionarios, el de Nicolás Maduro en Venezuela y el de Daniel Ortega en Nicaragua, han rechazado legislar sobre el aborto.

“La izquierda tiene tendencia a dar lecciones de moral”

Tatiana Roque es catedrática en Matemáticas en la Universidad Federal de Río de Janeiro y fue candidata a diputada por el PSOL brasileño, la formación que criticó por la izquierda al Partido de los Trabajadores de Lula da Silva. Roque siguió con atención la discusión por el aborto legal en Argentina. “El movimiento argentino marca una nueva forma de hacer política, de crear consensos en una sociedad que conmina a la izquierda a dialogar. La izquierda tiene tendencia a señalar, a acusar, a dar lecciones de moral, y eso nos aleja a las personas con quienes tenemos que hablar, personas de clase media baja o pobres. El proceso del aborto en Argentina es en ese sentido una enseñanza, porque se hicieron gestiones con los sectores más conservadores”, dice. En esa estrategia del diálogo Roque ve la semilla de la reconstrucción de una izquierda que, dice, ya no puede tener al PT como faro ni a Lula como “el único capaz de articular”.

Ni Argentina ni Bolivia tienen figuras con la influencia que alguna vez tuvieron Néstor Kirchner, Lula, Hugo Chávez, Pepe Mujica o Rafael Correa. Algunos han muerto o están retirados de la política activa, otros están presos por corrupción o inhibidos de participar en elecciones por motivos semejantes. Para el sociólogo argentino Mario Santucho, director de la revista Crisis y experto en movimientos de izquierda latinoamericanos, esa falta de referentes abre la puerta a nuevos movimientos, más atomizados pero no por eso menos potentes. “El feminismo en la región no tiene vuelta atrás. Si bien ha habido una reacción de las iglesias, el sedimento es el de una consolidación de estas agendas más de avanzada”, dice Santucho. Y pone como ejemplo a Chile, donde la discusión por una nueva Constitución es también un debate por los nuevos valores de la democracia. “Ahí entran en juego los derechos civiles, de avanzada, que no son solo derechos en términos liberales”, explica, “estamos hablando de una nueva idea de lo social, de lo humano. Ese es el gran desafío de la izquierda: conjugar un modo progresista y democrático con las nuevas discusiones del siglo XXI, junto con los derechos sociales que siempre ha defendido”.

Sergio Guzmán apunta que son precisamente las mujeres quienes han tomado el liderazgo de la agenda. “Los políticos progresistas hombres son muy reacios a liderar el tema”, dice en referencia al caso específico del aborto. “Las políticas progresistas no tienen ningún problema al hablar de libertades y derechos”. Este año y 2022 redefinirán el mapa en países como Ecuador, Perú y Colombia, mientras que Luis Arce, heredero de Morales, acaba de iniciar su mandato en Bolivia. El periodista estadounidense Jon Lee Anderson, profundo conocedor de la región, destaca la decadencia de la izquierda con retórica revolucionaria que hace una década encarnaba, por encima de todos, Hugo Chávez. Eso no supone la muerte en sí de los proyectos progresistas, sino más bien su obligación de adaptarse y reformularse a través de un nuevo camino centrado en las políticas públicas.

Federico Rivas Molina y Francesco Manetto (publicado por El País el 03/01/2021)

Fuente: La agenda progresista de Argentina da oxígeno a la izquierda en América Latina | Internacional | EL PAÍS (elpais.com)

Coronavirus en Argentina: terminó el año pero (todavía) no la pesadilla

A principios de diciembre, Angela Merkel, la líder de uno de los países más ordenados y ricos del mundo, pronunció un discurso desesperado y, a la vez, muy conmovido. Alemania había tenido en esos días un pico de 590 fallecidos, el más alto desde el comienzo de la pandemia. Entonces, Merkel se dirigió a su pueblo para plantearle los caminos posibles de allí en más.

“Sé que suena duro, y sé cuánto amor se ha puesto en montar los puestos de vino caliente, pero esto no es compatible con el acuerdo que hicimos de comprar solo comida para llevar y comerla en casa. Hay demasiado contacto entre las personas. Lo siento, lo siento desde lo más profundo de mi corazón, pero pagar un precio diario de 590 muertos, desde mi punto de vista, no es algo aceptable. Debemos hacer todo para evitar una progresión exponencial. Si tenemos demasiados contactos los días antes de Navidad, y terminan siendo las últimas Navidades con nuestros abuelos, entonces habremos hecho algo mal”, dijo

Veinte días después, la cifra diaria de muertos en Alemania había superado el millar. Desde que Europa logró controlar la primera ola, Alemania era uno de los países expuestos como ejemplo en el mundo. Luego sobrevino la segunda ola. Desde septiembre, multiplicó por tres veces y medio la cantidad de fallecidos.

En los próximos días, es muy probable que el presidente Alberto Fernández deba enfrentarse al mismo problema de Angela Merkel, y de tantos otros líderes del mundo. ¿Qué hacer frente al crecimiento exponencial del número de casos de coronavirus que se ha producido en la zona metropolitana de Buenos Aires, y cómo evitar que eso se multiplique en los destinos turísticos donde, encima, no hay camas suficientes para atender una eventual emergencia sanitaria?

Para el análisis político, que intenta entender lo que pasa en el proceso político o social –o debería, al menos, intentarlo—es difícil encontrar un hecho tan trascendente como ese, porque definirá muchísimo del futuro próximo, en lo sanitario, en lo económico y, por tanto, en lo político y social.

La magnitud del problema estuvo reflejada en el parte que difundió la ciudad de Buenos Aires el viernes primero de enero. Los casos nuevos, que en el mejor día de los últimos meses habían caído por debajo del piso de 200, ahora superaban los 1400, casi el récord desde que empezó la pandemia. Ese dato se superponía con las imágenes que difundía la televisión sobre las primeras reuniones multitudinarias en Mar del Plata y los alrededores, sin distanciamiento social y poco barbijo.

Cualquier mirada realista sobre lo que ha ocurrido en ambos campos –el de los contagios y el de la vida cotidiana—debería concluir en que lo más probable es que el país esté ingresando nuevamente en una zona muy oscura de la pelea contra el coronavirus. Por un lado, los contagios crecen, a una velocidad temeraria. En la zona de Capital y Conurbano se pasó del piso al pico en apenas 15 días y no hay por qué creer que esto va a frenar. Mientras tanto, la conducta social se ha vuelto completamente despreocupada: es como si todo fuera una gran marcha anticuarentena, una quema colectiva de barbijos.

Solo en la escena pública, lo que se ha visto en el último mes ha sido muy elocuente. El velorio de Diego Armando Maradona, el festejo del segundo aniversario del triunfo de River sobre Boca en Madrid, los banderazos de las hinchadas de Racing Club y Boca Juniors previos al partido definitorio de los cuartos de final de la Libertadores, la celebración del cumpleaños de Rosario Central, los festejos por la legalización del aborto, mostraron a miles de personas abrazadas, saltando y cantando, sin distanciamientos ni barbijos. La muerte está a la vuelta de la esquina pero ya no importa.

Si eso pasa en público, no es difícil presumir lo que ocurrió en privado en las fiestas de Navidad y Año Nuevo. En el momento en que el virus está presente de manera masiva, cientos de miles, tal vez millones, de personas, se trasladan de un lado a otro, se abrazan y se besan. Si la ciencia tiene razón, y este tipo de conductas promueven masivamente los contagios, no es difícil anticipar lo que puede ocurrir.

Frente a esta situación, como tantas otras veces durante este año interminable, el Gobierno no tiene frente a sí opciones sencillas. Gran parte de la sociedad, naturalmente, está cansada del esfuerzo del 2020. La catarsis del último mes tal vez está relacionada con las privaciones de los meses anteriores. Convencerla, como lo intentó Angela Merkel, de volver a sus casas, quizá sea un intento fútil, imposible. Puede pasar que solo sirva para exponer que el Gobierno –todos los gobiernos del mundo—ya ha perdido autoridad en la materia ¿De qué seriviría hacer un gesto de mando que nadie obedece, o que genere un malestar tal que provoque explosiones por otro lado? Pero, por otro lado, ¿no hacer nada? ¿dejar que la gente se contagie alegremente y muera?

Muchas veces, la realidad presenta problemas cuyas soluciones no son fáciles de encontrar, si es que existen.

En la mayoría de los países europeos, la respuesta a este desafío se resume en una expresión que aquí tiene agrias reminiscencias: “Toque de queda”. Básicamente, se trata de prohibir el movimiento durante la noche. Como se supone que una parte significativa de los contagios se producen en fiestas multitudinarias –legales o prohibidas–, y estas se realizan en horario nocturno, entonces los gobiernos prohíben salir de sus casas entre las 10 de la noche y las 5 de la mañana.

Como ocurre en todos los pronósticos respecto de la pandemia, el panorama ofrece cierta incertidumbre. El ministro de Salud porteño, Fernán Quiroz, sostiene que los datos son preocupantes pero deben ser matizados por tres elementos: el mes de diciembre es un período donde los contactos son inevitables y entonces tal vez los casos bajen en las semanas que vienen; la positividad ha subido de 10 a 18 por ciento en los últimos días pero aún es muy baja respecto de los peores momentos; la cantidad de internados en terapia intensiva se mantiene en niveles bajísimos.

Pero la suba de casos ha sido tan abrupta, los números absolutos son tan contundentes y la experiencia europea tan aleccionadora, que sería ingenuo establecer una estrategia apoyada en los datos que permiten no ser tan pesimistas. Las cifras que llegan de Europa son impiadosas. Alemania, el país que más sufrió la segunda ola multiplicó por tres veces y media la cantidad de fallecidos. Otros países, como Italia, el Reino Unido, Francia o España, las duplicaron o se acercaron a esa tragedia.

La pregunta, para quienes conducen el operativo sanitario, no tiene una respuesta sencilla: ¿Cómo hacer para convencer a la sociedad de que la pesadilla no terminó, de que debe resignar gran parte de los espacios de libertad que recuperó, con alegría, con cansancio, con angustia, con alivio, en los últimos tres meses? Lo primero que deberían intentar, al menos, es que el tema ocupe el centro del diálogo entre el Gobierno y la sociedad: en los últimos meses, no solo la población civil se relajó.

Este proceso convive con otro que, en paralelo, se empieza a producir en todo el mundo. Las campañas de vacunación que han comenzado en muchos países, y el incremento de la cantidad de vacunas que empiezan a recibir validación de los expertos del mundo –Pfizer, Moderna, AstraZeneca—preanuncian, según los especialistas, autorizaciones en cascada de vacunas y tratamientos que, en algunos meses, producirán un alivio sensible, previo a la derrota del coronavirus. Eso no es absolutamente seguro, como nada en estos tiempos, porque aparecen nuevas cepas. Pero los expertos coinciden en que se trata de lo más probable.

Por eso, los Gobiernos piden un último esfuerzo que, sin embargo, a las sociedades les cuesta aceptar. Tardan en pedirlo, además, porque también ellos están desesperados por que las cosas vuelvan a ser como eran y les den un respiro. Es muy humana la reacción, pero -al mismo tiempo- tiene consecuencias terribles.

Tal vez en pocos meses, todo esto empiece a formar parte del pasado.

Pero la pesadilla, todavía, no ha terminado.

Apenas cambió una hoja en el calendario.

Ernesto Tenembaum (publicado por Infobae.com el 03/12/2021)

Fuente: Terminó el año pero (todavía) no la pesadilla – Infobae

La mentalidad totalitaria persiste

No creo que los kirchneristas conozcan la historia del peronismo. Es probable que hayan ingerido pequeñas píldoras, leído los clásicos del “socialismo nacional”, asimilado cierta catequesis. Sin embargo, hacen lo que el peronismo hizo, dicen lo que dijo, siguen las huellas que dejó. ¿Coincidencia?

¿O la mentalidad totalitaria es una herencia genética – una “cultura”, dirían algunos – a la que nadie hizo nunca frente? Tomemos el caso de la dirigente exigiendo aplausos para Cristina Kirchner. ¡Qué demonios! ¡La fe debe ser exhibida, gritada, reivindicada!

Los que evocan a Stalin o Mussolini tienen razón: de esto se trata. Pero no importa viajar mucho en el espacio, basta con hacerlo un poco en el tiempo: en 1950, Eva Perón ordenó a la prensa arremeter contra los diplomáticos “culpables” de no haberla aplaudido durante un discurso. ¡Qué tormenta con las cancillerías extranjeras!

Sí, porque antes de ser un régimen político el totalitarismo es una mentalidad. Y donde se impone un régimen totalitario, se puede estar seguro que más que en la fuerza se apoyará en la mentalidad totalitaria latente entre la población.

¿Por qué, si no, todos los regímenes totalitarios fueron tan populares? ¿Por qué gozaron de tanta aprobación durante tanto tiempo? Antes de buscarla en los tiranos y sus aparatos, la semilla del totalitarismo deberíamos buscarla entre nosotros, dentro de nosotros.

Para identificar la actitud totalitaria, hay por tanto que entender que el totalitarismo no es un producto industrial, no viene con todas los extras incorporados, como la Hitlerjugend o los Comité de Defensa de la Revolución, los Balilla, el Komsomol o las Veinte Verdades. Es ante todo un impulso de unanimidad, una nostalgia por un mundo armonioso idealizado, un sueño de unidad de fe o ideología, de una cultura y un pueblo puros, incontaminados: ein Volk, ein Reich…; un mundo libre de la molestia del conflicto, la imperfección, la herejía, de los imprevistos de la historia.

La mentalidad totalitaria no desdeña los medios más modernos para alcanzar el objetivo más antiguo: erradicar las raíces del “desencanto del mundo” y restaurar el Reino, volver al seno protector de la comunidad.

En cuanto pulsión, el totalitarismo no existe en estado puro, nunca es verdaderamente “total”. Mientras unos pagan el precio de su furia unanimista, muchos otros se conforman; así sucedió en los fascismos y comunismos. Precisamente porque es un impulso y una mentalidad, le es fácil confundir huellas, esconderse entre las hojas, vestir todos los colores, incluido el de la democracia.

Que hoy casi no existan regímenes totalitarios, por tanto, no debe engañar: la mentalidad totalitaria no ha desaparecido, al contrario, está más viva que nunca y explica que muchas democracias se vuelvan iliberales.

Encontramos rastros de ella por todas partes, en los grandes escenarios políticos y en la rutina diaria. La mentalidad totalitaria es apta para todos los géneros: culta o popular, trágica o ridícula, solemne o grotesca, habita todos los planos de nuestras sociedades. El primer indicio de su presencia, sin embargo, es siempre el mismo: al totalitario no le alcanza con el poder, con predicar su fe, con expresar su ideología. Exige que todos la proclamen, que los fieles la propaguen, que se castigue al hereje, que se reclute y movilice a los pasivos. No tolera la timidez y los matices, ¡ay de los escépticos y neutrales!

Cuando el Presidente canta las alabanzas a su gobierno exagera, pero es su derecho; si, sin embargo, añade que nadie puede dudar de ellas, el que sale es el enano totalitario. Cuando la vicepresidenta azota a sus oponentes, está en su papel; si, sin embargo, lo hace aludiendo a su pueblo como si fuera todo el pueblo, el enano asoma otra vez.

Cuando un intelectual ataca a otro estamos en la norma; pero si pide que lo echen de su universidad, ya no lo somos. Lo mismo cuando un edificio público se llama Kirchner pero Borges está censurado. Esto sucede con las estatuas y los libros escolares, la diplomacia y la administración pública. Piénsenlo, ¿cuántos casos similares se les ocurren?

La apoteosis de la mentalidad totalitaria fueron las exequias de Maradona, en Argentina y en otros lugares. No es de extrañar. El culto a los héroes es su líquido amniótico. Rendirle homenaje con la debida pasión era “su obligación moral”, se escuchó tronar contra los tibios. ¿Los indiferentes? Insultos. ¿Los críticos? Traidores. ¿Los sobrios? La mentalidad totalitaria exige pompa, no sobriedad.

Todo ya visto. Pasó lo mismo con la muerte de Eva, Castro, Chávez y muchos otros: dolor obligatorio, contrición de Estado. Escraches, actos de repudio, autodafé: la historia está llena de multitudes “patriotas” que se ensañan contra víctimas indefensas, de “pueblos” que imponen su “cultura” a los ciudadanos.

Al escuchar la crónica excitada de un vuelo intercontinental cargado con vacunas, es difícil permanecer serio. Ya sucedió con la exhumación chavista de las cenizas de Bolívar: una escena hilarante, un grosero despliegue de necrofilia. Pero cuidado con el escalofrío que sentimos por la espalda. Para la mentalidad totalitaria son epopeyas de “pueblos” devotos a una “patria” en busca de un “jefe”. Hay poco de qué reírse.

Loris Zanatta (publicado por Clarín el 02/01/2021)

Fuente: La mentalidad totalitaria persiste (clarin.com)

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