En nombre de la italianidad argentina

“Tú romano, acuérdate de gobernar a los pueblos; éstas serán tus artes: perdonar a los humildes y derribar a los soberbios”, escribió Virgilio en pleno apogeo del Imperio Romano. Sería bueno que las actuales autoridades italianas recordaran los versos de su célebre antepasado a la hora de decidir su posición frente a la difícil tarea de la Argentina de renegociar su deuda externa.

Hace poco más de cuatro años, el 25 de noviembre de 2000, asistí a la Asamblea de Parlamentarios descendientes de italianos celebrada en Roma. En aquella oportunidad, y sin disimular la emoción que me producía pronunciar un discurso en la tierra de mis padres, señalé que Italia no era sólo de los italianos porque, a lo largo de los siglos, había logrado transmitir los valores de su cultura a la humanidad entera, sobreviviendo a todo: al Imperio y su desmembramiento, a las invasiones bárbaras, a los conflictos religiosos, a las batallas por la unificación, al devastamiento de la guerra, a la violencia de los terroristas de las Brigadas Rojas, a los cataclismos de la corrupción política. Ningún país mejor que Italia conoce los altibajos que sufren las naciones a lo largo de la historia, y nadie mejor que ese pueblo sabe que la solidaridad es indispensable a la hora de superar las crisis.

Cuando a fines del siglo XIX se inició en Italia una migración masiva de su población, la Argentina se convirtió en el destino obligado para millones de italianos que encontraron aquí una tierra de trabajo y promisión. Estallaron después los dos grandes conflictos bélicos que surcaron el siglo XX, en los cuales Italia no estuvo entre los ganadores. Los italianos padecieron hambre y miseria, y los gobernantes y el pueblo argentino hicieron llegar su solidaridad.

En 1945 se donaron centenares de miles de toneladas de trigo, se procedió a la reventa al gobierno italiano de siete barcos adquiridos durante el conflicto y se los abasteció con el combustible necesario para que pudieran trasladar aquellos granos hasta los puertos de su país.

En 1947, y ante el pedido desesperado del embajador italiano en Buenos Aires, Giustino Arpesani, el presidente Perón ordenó el cambio de rumbo hacia puertos italianos de diez buques nacionales cargados de trigo que se encontraban en alta mar, con destino a otros países con los que se habían firmado contratos ventajosos, aun cuando Italia no contaba con fondos para pagar esos cargamentos.

Además, el 13 de octubre de 1947, se firmó un tratado comercial con Italia para la provisión de alimentos durante cuatro años y un préstamo por 350 millones de pesos a un interés de 2,75% anual. También, la Argentina tomó a su cargo la totalidad de un empréstito por otros 350 millones de bonos emitidos por el gobierno italiano.

Con el tiempo, Italia devolvió con generosidad la ayuda de la Argentina a través de múltiples convenios de índole tecnológica, científica, comercial y de cooperación social, mientras que la industria y los empresarios italianos radicados en nuestro país escribían páginas del desarrollo nacional. Es que los vientos de la historia habían dado vuelta su curso. Y hoy Italia es la sexta potencia económica del mundo, mientras que la Argentina cayó en 2001 en un abismo del que está todavía emergiendo.

La Argentina quiere hacer honor a sus compromisos, pero para no repetir las actitudes facilistas que la llevaron al cataclismo tenemos que analizar las razones de la caída. Hay responsabilidad compartida de los bonistas que apostaron a una renta ilusoria sin evaluar los riesgos; de los grandes bancos que no cuidaron y hasta desinformaron a sus ahorristas; de las entidades regulatorias del país inversor que autorizaron la colocación de esos bonos, y del propio FMI, que como auditor avaló ese proceso de sobreendeudamiento del país.

Este principio de la corresponsabilidad se fue afianzando en los recientes fallos de la justicia italiana que han obligado a los bancos a devolver el dinero a los bonistas, y en la iniciativa del Parlamento italiano de crear una comisión investigadora del rol de los bancos italianos en el default argentino.

Esperamos que las autoridades de Italia comprendan que las soluciones duraderas al default argentino deben buscarse en el contexto de un esfuerzo compartido. Todos los que han sido parte del problema deben compartir el esfuerzo de la solución, sin privilegios.

No pedimos el perdón a los humildes que recomendaba el poeta Virgilio sino que, en nombre de la italianidad que nos une, esperamos que gestos de solidaridad y comprensión que demanda nuestra historia común reemplacen el oportunismo político y los intereses mezquinos.

Antonio Cafiero (publicado por La Nación el 25/01/2005)

Fuente https://www.lanacion.com.ar/opinion/en-nombre-de-la-italianidad-argentina-nid673809/