El príncipe inmigrante

Hay figuras como Carl G. Jung, Sir Christopher Lee y hasta Albert Einstein (con su gesto de la lengua hacia afuera) que nos muestran que, siendo grandes en sus campos, fomentan la capacidad de reír, ya que como decía Eli Wilcox: ”ríe y pronto el mundo reirá contigo, llora y lloraras solo”.
Sonriente, sencillo y amable llegaba un 8 de diciembre de 1947 a la Argentina el príncipe Aimone di Savoia Aosta, bajo el nombre de Roberto della Cisterna. Tras las desventuras de la Casa Real, producto del dudoso referéndum que elegía la republica contra la monarquí, pensando quizás que podría rearmar su vida y la de sus seres queridos en el país con algunos emprendimientos agrícolas y confiando en la tranquilidad que le ofrecía nuestro país.
Aimone, o en español Aimón, príncipe de sangre y duque de Spoleto fue un digno representante de su milenaria casa: austero, aventurero y encantador, supo recorrer el mundo como oficial de marina con sincero deseo de servir a su Patria y a su rey, pero sin dejar de lado ese aspecto lúdico que caracteriza a aquellos que parece que han comprendido de qué trata la vida.
Dicen que con mesura al tomar un scotch para decir basta, solía guiñar el ojo y bromear con sus amigos -en especial con su lugarteniente-: el comandante Sicherie, atlético, bailarín y juguetón, conquistaba con su magnetismo especial a los bellos ejemplares del sexo débil.
Aimón, seguramente comprendió de su abuelo (el rey de España Amadeo I) que a veces el pueblo no está preparado para ser bien gobernado y que la ingratitud es una constante en la historia de la humanidad. Aun así, aceptó ser rey de Croacia de 1941 a 1943, trono al que abdicaría al darse cuenta de que era una mera estrategia del totalitarismo.
Precisamente, el totalitarismo nazi le costó la reclusión de su mujer e hijo en Hirschegg, un hecho que sin duda habrá marcado su existencia, demostrándole lo fugaz y frágil de la vida y reafirmando lo antedicho: la vida es más que hedonismo y más que una simple contraparte llena de obligaciones.
Los que lo trataron, relatan que en su estadía en Argentina, se caracterizó por su cordialidad y apertura, que recibía por igual a monárquicos y republicanos, fascistas y antifascistas, peronistas y antiperonistas (de hecho visitó a Juan Perón).
”El príncipe inmigrante” probablemente habrá introyectado con admiración el ejemplo de su hermano Amadeo, apodado ”el duque de hierro” -quien siendo príncipe- se fue a África a trabajar de operario en una fábrica (en tiempo récord llegó a dirigirla). Dormía en una cucheta y, combatiendo como soldado raso llegó a oficial por méritos de guerra, algo típico de aquellos que confían en que tomando el camino difícil van a dar un ejemplo, no por vanidad sino porque confían en demostrarle a los demás que querer es poder.
Quizás también influyó su padre, Emanuel Filiberto (otro héroe de guerra). Lo cierto es que pasada su etapa de Subsecretario en la Marina y su rol como militar, siguió siendo un líder simbólico en su nuevo camino de inmigrante y fue seguido devotamente por una corte de amigos entre ellos, el fiel Comandante Sicherie y su mujer, el General Marsengo, el Conde Lanfranco di Campello (estos últimos se casaron con ricas herederas argentinas) y el Almirante Garofalo, ayudante de campo de S.M. el rey Humberto II.
Fue en la quinta de José Dodero (a 90 km de Buenos Aires) que comenzó a sentirse mal luego de haber nadado un rato. Debido a esa indisposición se dirigió a Buenos Aires para realizarse los chequeos y tratamientos correspondientes para luego instalarse con intenciones de recuperarse en el hotel Lancaster, propiedad de su amigo, el Conde Zuboff.
El 29 de enero de 1948, tras los clásicos y polémicos debates que siempre se desatan cuando muere un ‘’royal’’, se constata su deceso por un paro cardíaco, además se descubre que padecía tuberculosis.
Los testigos de sus últimas horas dijeron que cuando murió, en su rostro se reflejaba una mueca o rictus sonriente.
Sus restos mortales descansaron en la bóveda de los Cobo Campello, en el Cementerio de la Recoleta. Posteriormente, sus restos fueron trasladados a un sarcófago ubicado en la Iglesia Mater Misericordiae, también conocida como ”la iglesia de los italianos”, un hecho que probablemente es ignorado por muchos argentinos que ávidos de curiosidad sobre visitantes ilustres quisieran conocer.
Aimón, un príncipe con mundo (alguno lo llamará calle) un rico aventurero que eligió Buenos Aires de entre todo el mundo, será siempre recordado por mí como un ejemplo de aquel ”hombre sabio” del que habla Romano Guardini en su obra, aquel que tomó consciencia de la transitoriedad y que por tanto ve a la vida como una responsabilidad, pero también como algo más que ella misma.
Salvando las distancias entre nobles menores y príncipes, no puedo evitar las comparaciones entre mí Casa y la de los Saboya (a la que los míos sirvieron en las tres guerras de independencia italiana) su acercamiento lúdico a la vida, su responsabilidad y honestidad, pero al mismo tiempo como niños, rectos pero flexibles, mujeriegos y algo laicistas.
Se puede tener consciencia de la misión en la vida, pero también se puede ser menos rígido y disfrutar el presente, pues esto puede ayudarnos no sólo a nosotros sino a nuestros descendientes, rompiendo un karma familiar, un modelo estructurado que muchos aprenden sólo en la vejez con la sabiduría que esta otorga.
En la foto de izquierda a derecha: los hermanos príncipes Amadeo y Aimón de Saboya.
Ezequiel Toti