Claudia Cardinale, el mito italiano que resiste y el drama que convirtió en lucha

Hubo un tiempo en que el cine italiano era potencia en el arte de construir mitología femenina y exportar esos rostros hasta Marte. Gina LollobrigidaSophia Loren, Anna Magnani, Monica Vitti fueron algunas de las ninfas inmortales de celuloide. Pero hay otra, una que se encaminaba a ser maestra en su Túnez natal, cuando el olfato de un italiano le arrebató a la docencia aquella dulzura.

“Construyámosla como made in Italy“, pensó alguien cuando vio a esos ojos petróleo vencer en un certamen de belleza tunecino. Así, nació artísticamente “La Cardinale”.  

Una banda bordada atravesando su torso, un título de Miss y un viaje al Festival de Venecia como premio. Todo vertiginosamente, como digitado por la magia, casi un cuento. En la ciudad construida sobre el agua la africana Claudia Cardinale, menor de edad, lució de a ratos su túnica típica bereber y de a instantes un bikini.

Los paparazzi dispararon hasta volverla oro. “Fue pazzesco (de locos)”, recuerda, la que al regreso de aquel “safari”, juró que nunca haría películas. Los periodistas la apodaron entonces “La chica que no quería hacer cine”.

Tan exitosa creación al estilo los spaghetti y la Vespa es a los 83 años un tesoro escondido. Monta en silencio una fundación por los derechos de la mujer y por los migrantes que intentan cruzar el Mediterráneo. En la era del #MeToo arrastra un viejo dolor, convertido en bandera.

No está retirada, aunque lo parezca de este lado del océano. Las producciones que la tienen como estrella después de más 150 películas casi no tienen distribución por estas latitudes, pero por estos días podemos verla en Netflix haciendo gala de sus líneas de expresión jamás intervenidas por el bisturí: actúa en Todos los caminos llevan a Roma, de Ella Lemhagen, con Sarah Jessica Parker.

Con pocas pistas en Argentina, desde Clarín iniciamos una búsqueda en Italia. Piano piano finalmente damos con ella en Francia, donde reside. Es su hija, Claudia Squitieri, el puente para responder vía WhatsApp. Nos cuenta que el mito vive entre París y Foresta di Fontainebleau, un bosque ubicado a poco más de 60 kilómetros de la Torre Eiffel, que su vida es “serena” y “absolutamente feliz”.

Una generación se llama Claudia por ella. Tuvo el mundo a sus pies en los sesenta y setenta. Podía estornudar y ser noticia, visitaba al Papa Paulo VI en minifalda y conmocionaba al Vaticano, o viajaba a los Estados Unidos y era recibida en el Congreso, entre joyas obsequiadas por el Vicepresidente Hubert H. Humphrey. “Es una donna tan volcánica, como el Vesubio que destruyó a Pompeya“, la describían los críticos, mientras Hollywood se la disputaba a los estudios Cinecittà.

Detrás de la curva aguda de la sonrisa, el silencio de una sobreviviente, escamas que había desarrollado para esconder un infierno: una violación, de la que nació un hijo al que presentó como su hermano menor.

“No prestaría mi historia al cine. Es un asunto personal”, advierte ahora sobre lo que todavía duele.

Un drama que se transformó en lucha

Hija de un obrero siciliano de ferrocarril y una ama de casa que terminó acompañándola en toda su primera etapa de estrella, la piccola Claudia se acostumbró a lo multicultural temprano. En su casa de La Goleta, en Túnez, se hablaba francés y dialecto siciliano, en el colegio se estudiaba inglés, mientras en el barrio sonaba la música de los vecinos, rusos, griegos, malteses.

La primera participación en cine llegó de la mano de Mario Monicelli, en 1958 (I soliti ignoti o Los desconocidos de siempre). La seguidilla rabiosa de trabajos la llevó a filmar casi treinta películas en seis años y a a mudarse de país. Para entonces ya cargaba con un calvario que mantuvo oculto por siete años.

“Visconti me quería morocha, Fellini rubia, uno me dio alas, el otro me permitía no tener guión, los diálogos eran míos”, festeja la que escribió tantísimos capítulos memorables del cine.

Fue musa en 8½, con Marcelo Mastroianni, de Federico Fellini, fue una dama del 1800 en Il gatopardo, de Luchino Visconti, fue la distinguida Molly filmando en el Amazonas convocada por Werner Herzog (Fitzcarraldo). “Hollywood me quería tener allí, pero no era mi mundo. Yo me sentía europea. Lejana a las luces deslumbrantes de Hollywood”, admite.

No hay lamentos por aquel reino perdido. O no hay, en realidad, pérdida: “Todo cambia y es normal. La industria del cine ha crecido tanto… Las películas son tantísimas y también los actores. La belleza fue una ayuda ciertamente para mí. Pero más que la belleza, yo diría que he sido fotogénica. Para mí, la belleza es la simplicidad“.

“La bambolona”, como la llamaban en una época (una expresión coloquial italiana que daba cuenta de su aspecto de muñeca) visitó Buenos Aires por última vez en enero 1999, antes de volar a Punta del Este para un desfile de Roberto Giordano. Una corrección pública entonces dejó al descubierto su autenticidad. Corrigió a muchos periodistas sobre su año de nacimiento, 1938 -y no 1939, como se repetía en archivos-.

La aclaración de antidiva engrandeció aún más su paso porteño. “Nunca pisé un quirófano. No quise. En el fondo creo que es normal mantenerse siendo uno mismo, creo que lo correcto sería hacer la pregunta sobre el quirófano a aquellos que deciden borrar el tiempo”, suelta. “De la Argentina recuerdo el espíritu vivo, fuerte. Tengo recuerdos bellísimos. Principalmente la calidad de personas y de haber encontrado a tanto italiano”.

“La recuerdo extremadamente educada”, trae al presente aquella visita Teté Coustarot, quien la presentó en aquel desfile en Uruguay 23 años atrás, tras el encuentro cumbre con Valeria Mazza en el Conrad.”Amable con todos, bellísima, lamento no tener una foto de esa comida que hicimos después del evento, en casa de Giordano”, suma.

Sabe Claudia que el mundo que le tocó batallar en sus días de sirena flotando en cámara no fueron fáciles para toda una generación. Abusos silenciados, maquinaria de complicidades, el poder y los millones maquillando una industria salvaje. La propia reina Loren lo vomita enojada a los 87: “Hasta Marlon, mano larga, se quiso sobrepasar. Yo lo miré tranquila, muy tranquila. Lo pulvericé con mis ojos, y le advertí: ‘No te atrevas. No sabes de lo que soy capaz. Deberías tenerme miedo'”.

Para fines de los sesenta, “la chica de al lado”, como le decían por ser una más, nada impresionada ni modificada por el éxito, decidió contar públicamente que tenía un hijo, Patrick, a quien criaba sin cámaras y a quien había hecho pasar por hermano en complicidad familiar para “tapar” una aberración: un ataque sexual en Túnez.

“El nacimiento de mi hijo me empujó a dedicarme al cine para ganarme la vida y ser independiente. Lo hice por él, por ese bebé al que quise tener pese a las circunstancias”, explicaba a Il Messaggero. “Mi agresor continuó persiguiéndome y quería que abortara, pero yo no quise. Los hombres nunca valdrán más que nosotras. Aún no han aprendido a aceptar nuestra emancipación, el derecho a la independencia que hemos conseguido a través de tantas batallas”.

Desde Francia, una entrevista exclusiva

-¿Puede ser considerada una gran feminista?

-“Gran” no lo sé. Seguramente he querido ser parte, he querido ser una mujer libre y defender la libertad de las otras mujeres. Cada uno hace lo que puede.

-¿Qué piensa de Mee Too y de la lenta caída de un sistema perverso?

-Pienso que es una etapa obligatoria para lograr la igualdad. Creo que es muy importante romper el tabú del abuso. Hazle pesar a quien lo cometió y no a quien lo padeció.

-Ha sufrido violencia sexual. ¿Piensa que en tantos años ha cambiado algo respecto a la contención a la victima?

-Sí. Repito, hoy se está levantando un velo. Las mujeres se sienten más libres para denunciar. Esto es muy importante. Yo lo he superado viviendo… Transformando cosas. Recuperando la relación con mi hijo.

Ex pareja del productor Franco Cristaldi, su “gran amor” fue el cineasta italiano Pasquale Squitieri, quien murió cinco años atrás y con quien fue madre de Claudia Jr. Lo conoció en 1974 y trabajaron juntos en una decena de películas, mientras Claudia recibía cientos de invitaciones, desde las de Marlon Brandon hasta la de miles de desconocidos.

Amiga de Rock Hudson, con quien trabajó en Blindfold (1966) lo defendió como nadie cuando el Hollywood más hipócrita rechazaba la homosexualidad. Con Bob Dylan, en cambio, pasó de la amistad a los tribunales: llegaron a un litigio cuando él usó una imagen de ella -sin autorización- en la portada de un álbum.

La adoradora de los diseños de Giorgio Armani volvió a su Túnez en 2018, para la inauguración de la Cinemateca de su país, y regresará en breve porque nombrarán una calle en su honor. Vive intensamente, lejos de aquel final de otro mito, Anita Ekberg (la rubia angelada de La dolce vita que terminó sus días en soledad y en estado de indigencia).

“Hoy con mis hijos estamos montando una fundación para poder continuar las batallas que están cerca de mi corazón, el derecho de la mujer, el medio ambiente y el Mediterráneo. Y pronto deberían salir proyectos que han sido bloqueados por el Covid. Decido trabajar menos, pero si pasa siempre me hace feliz”.

Mas que el juego del misterio, el de Claudia es el de la “normalidad”. Esquiva la polémica, se corre con elegancia de la difusión barata. En 2017, por ejemplo, se vio envuelta en un debate cuando una vieja imagen suya protagonizaba el póster de la 70ª edición del Festival de Cannes. A la foto original le habrían afinado la cintura y el contorno de piernas mediante Photoshop. Claudia no tardó en salir a hablar con altura: “No tengo comentarios respecto al trabajo artístico sobre la foto. Se trata de un póster que, más que representarme a mí, representa un vuelo. La imagen ha sido retocada para destacar ese efecto de ligereza y transportarme hacia un sueño: es una sublimación. Como feminista convencida, no veo ataque al cuerpo de la mujer. Hay cosas mucho más importantes para debatir en este momento en el mundo. Esto no es más que cine”.

Brigitte Bardot su contracara – recluida, hosca con la prensa y retirada desde hace casi medio siglo- es su gran amiga. Lejos quedaron para ambas los tiempos de protagónico a dúo en Las petroleras, aquel western de 1971 dirigido por Christian-Jaque en el que los productores parecían querer enfrentar a duelo sus bellezas. “Tengo la estima de siempre por Brigitte. De vez en cuando nos hablamos. Nos queremos mucho”, cuenta C.C escueta, como para evitar cualquier repregunta sobre B.B, quien en 2020 volvió a las portadas por sus controversiales dichos sobre el coronavirus (“es algo bueno, una especie de autorregulación de una superpoblación que no somos capaces de controlar”).

Embajadora de la UNESCO, en su mansión frente al Sena repite el rito de mirar el agua. El río le permite recordar cómo era esa niña que en Túnez pasaba horas hechizada por lo acuático. Con aquella hipnosis del agua aprendió, tal vez, a fluir, a aceptar. Como desde aquel día en que entendió que la juventud era una circunstancia, “un momento imposible de perpetuar”: corría 1964 y Rita Hayworth, su compañera de rodaje en Circus World, entró a su motorhome y se puso a llorar: “Yo también fui joven y hermosa”, le dijo salpicándole las lágrimas. C.C no lucha contra el tiempo, lo abraza.

Marina Zucchi (publicado por Clarín el 05/04/2022)

Fuente: Claudia Cardinale, el mito italiano que resiste y el drama que convirtió en lucha (clarin.com)