Argentina, tierra de emigración y de sueños inconclusos

Algo más de un millón de argentinos están radicados en el exterior, cifra que no incluye a la segunda o tercera generación de nacidos fuera del país, lo que llevaría ese número casi al doble.

Más extendida aun es la expectativa de emigrar, que no todos podrán concretar, pero que para muchos se erige como única salida posible frente a las sucesivas frustraciones y el sentimiento creciente de que ningún esfuerzo o sacrificio individual podrá vencer las adversidades.

“Ojalá hubiera razones para decirles no se vayan por esto, esto y esto, pero no hay motivos ni argumentos para retener al que se quiere ir, porque esto se inscribe en una suerte de declinación estructural de la Argentina, en todas sus variables duras: tasa de desocupación, valor del salario, PBI, pobreza”, dijo a Infobae el sociólogo y analista Eduardo Fidanza, director de Poliarquía.

En esta nota, otros especialistas consultados analizan qué factores impulsan la emigración de argentinos y Lelio Mármora, ex director de Migraciones y por varios años representante para el Cono Sur de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) explica por qué Argentina debería tener una politica de Estado de retención y reequilibrio de su población en prevención de riesgos geopolíticos.

EMIGRACIÓN CALIFICADA

Según la OCDE, Argentina está en el top 30 de las naciones con emigrados de alta calificación. En los años 60, 70 e incluso 80, el país sufrió esencialmente una fuga de cerebros que nunca se ha detenido del todo. Pero actualmente, el fenómeno se amplía socialmente y se diversifica. Desde los empresarios que enfrentan un clima hostil –”tener una Pyme es agotador porque te cambian las leyes todos los días”, dice por ejemplo el ingeniero industrial Leonardo Pirillo (45) que hoy vive en Miami- hasta jóvenes que aun sin concluir una carrera sienten que no vale la pena esperar y deciden empezar de cero en otro lado, como Ivanna Kosaruck (25), una estudiante de abogacía a la que le faltaban 10 finales para recibirse, pero dejó la carrera y partió a Italia: “Tuve que juntar coraje para desistir por una vida mejor: inseguridad e inflación, nunca más”.

En Miami, Pirillo ya inauguró una franquicia de gimnasios Tuluka fitness: “Vinimos para lograr estabilidad y asegurarle a mi hija un crecimiento”. Y para Ivanna Kosaruc, que emigró con su novio, aunque el desarraigo fue durísimo, hubo una ganancia invalorable: “Caminar sin miedo nos bajó el nivel de estrés al que los argentinos estamos tan acostumbrados que ya no percibimos”.

“Caminar por la calle sin miedo no tiene precio”, coincide Verónica Ayala (39), que decidió irse después de sufrir un secuestro violento. “Nunca más volví a dormir tranquila. No hubo momento que no quisiera dejar Buenos Aires”, dice la mujer que hoy vive en la Costa del Sol, donde encontró “seguridad y una calidad de vida que desconocía; no vine a buscar mucho más que eso”.

Para Gabriel González (40) ingeniero civil, “la Argentina no está lista para emprendedores”. El Happy Hostel de este cordobés a punto de emigrar a Alemania no resistió la pandemia. “Yo fui un capitán que quiso llevar un barco a puerto. Vino la tormenta, y se estrelló”. A casi un año de haber cerrado, sigue pagando deudas y se tuvo que mudar a lo de sus padres. “Me voy del país, porque afuera puedo trabajar de lo que estudié, acá el título universitario cuelga en mi placard. Me da tristeza, pero te invitan a irte”.

La familia formada por Cristian Cerini (40), diseñador gráfico, Yanina Pintos (34), administrativa, y Luca (2) recuperó la “expectativa de futuro” que había perdido. “Emigrar es un desafío difícil, costó, pero los frutos se ven rápido. El día a día no lo terminamos con queja constante o frustrados”, dicen hoy desde Valencia.

“La Argentina no da para más -afirma Gabriela Fontana (58), docente y abogada, que se instalará en Barcelona el año próximo-. Mi lugar ya no era la Argentina por la inestabilidad diaria, estoy cansada. No me voy enojada. Simplemente quiero disfrutar los años que me quedan con serenidad”. En instagram creó una comunidad en torno a la emigración -@miproyectoconalas -, que cada día suma más gente con el mismo deseo. “Me impresiona la cantidad de personas interesadas en irse, no solo jóvenes, sino gente en edad jubilatoria. Se arriesgan a volver a empezar”.

Otros se van pensando en sus hijos. Josefina Prieto (29), diseñadora de indumentaria y madre de dos niños, no soportó criar hijos en la inseguridad y en la inestabilidad. “Mi esposo salía a las cinco de la mañana todos los días para ir a trabajar y yo siempre pensaba y si no vuelve más qué hago…” Hoy vive en Málaga, pero fue un desgarramiento: “Me sentí triste de Argentina… Ojalá que todo se solucione y algún día pueda volver a casa”.

Luciano Ruben (35), ingeniero civil, y Eva Butti (37) dejaron Santa Fe para instalarse en Bournemouth, Reino Unido: “Nunca encontré una oportunidad en mi nicho que es la metalurgia, fue desmotivante”. Allá ya tiene trabajo estable. Su novia también pudo insertarse laboralmente: “El desarrollo profesional trae aparejado una mejor calidad de vida, estabilidad económica, proyección a futuro”.

“Allá mi novio tenía 3 trabajos para poder vivir”, recuerda Micaela Allasio (26), estudiante de ingeniería que partió hacia Palma de Mallorca, convencida de que encontraría mejores oportunidades. “En La Pampa tenés dos caminos: empleado público o trabajar en el campo. En Palma tenemos estabilidad, capacidad de ahorro e invertimos nuestro dinero”. En sus redes (@micaonboard) recibe miles de consultas: “Noté un boom desde que estalló la pandemia, recibo varios mensajes preguntando por ofertas laborales, alquileres y qué papeles se necesitan”.

Lucas Deges (27), licenciado en Administración, estaba de vacaciones en la Riviera Maya cuando decidió mandar el telegrama de renuncia: “Fue una apuesta, porque tenía un trabajo estable que me gustaba”, reconoce. “Pero acá todo es más sencillo, el trabajo es valorado y bien remunerado”.

“Mi única salida fue buscar trabajo en el exterior”, dice Tomás Raimon (24), fotógrafo, que después de un año en “que el rubro del arte estuvo parado, sin eventos, sin presentaciones musicales, sin actividad”, logró reactivar su profesión en Miami. “Con algunos contactos y mi experiencia, que hay mejores propuestas en los Estados Unidos. Ya estuve en la fiesta de los Montaner ..”, cuenta.

LUCRO CESANTE

“El narcisismo inmigratorio que teníamos se terminó”, decía en 2017 Lelio Mármora, uno de los principales especialistas en migraciones del país, hoy director del Instituto de Políticas de Migraciones y Asilo (IPMA), de la Universidad de Tres de Febrero. Aludía al hecho de que nuestro país, que completó su poblamiento con grandes flujos migratorios, especialmente europeos, se ha convertido hoy en uno de los de mayor emigración de la región.

“Los últimos datos, de 2019, daban que un millón de argentinos están radicados en el exterior -dijo Lelio Mármora a Infobae-. De ese millón, 400 mil están en Europa, en España en primer lugar”. Ese país absorbe más de un 25 por ciento de la emigración argentina.

“En el último censo, los españoles se sorprendieron por la cantidad de italianos que tenían, más que en la época de los romanos: eran argentinos con doble nacionalidad”, bromea Mármora. “Mucha gente saca la doble nacionalidad por las dudas, sobre todo europea, que permite un movimiento más fácil”, acota.

“En Estados Unidos hay unos 300 mil -más de 21%-, pero también hay muchos en los países limítrofes, algo que no se tiene tanto en cuenta. En Chile, por ejemplo, hay muchos, por el desarrollo que ha tenido ese país. Uruguay sabemos que promueve la migración argentina. En los últimos años Paraguay resultó atractivo, en especial para empresarios. También Bolivia. No sólo recibimos migrantes de la región, también hay argentinos asentados en esos países”, señala Mármora.

En Europa, Francia es el segundo destino más elegido, luego Reino Unido, Italia y Alemania. Además, hay un número importante de argentinos en Israel y Australia.

“A futuro, la perspectiva es un incremento de la emigración -pronostica Mármora- Una encuesta de 2017, en la Universidad Tecnológica Nacional, mostró que el 60 por ciento de los estudiantes decía que una vez logrado el título se irían a trabajar al exterior. Esto confirma que la emigración argentina es calificada y representa un costo para el país, en formación, en desarrollo”. Una suerte de lucro cesante…

EL FACTOR DESALIENTO

“El país no está ofreciendo un horizonte más allá del día a día para proyectar un plan de vida. Lo digo a nivel de los jóvenes especialmente”, responde el sociólogo Agustín Salvia, director del Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina (UCA), ante la consulta de Infobae. Interviene un factor que llaman “control externo”: el sentimiento de que los cambios o las posibilidades de mejora en la vida no dependen de cada uno. “Por más que se esfuercen no van a salir adelante; es la sensación que se tiene. No se ve un horizonte en el cual poner la energía para progresar”.

Aunque no tienen mediciones, Salvia dice que “lo que aparece en estudios cualitativos referidos a la problemática de la inserción laboral es una fuerte expectativa de emigración en los jóvenes de clases medias y medias altas”. “Estos jóvenes -agrega-, que completaron estudios técnicos o profesionales o que están estudiando, piensan su futuro laboral en clave de irse a otro país en busca de mejores perspectivas profesionales. En el imaginario, la solución está afuera. No quiere decir que sea cierto, pero aparece como una necesidad psicológica”.

Esto sucede “aunque la información sea hostil”, especifica. “En algunos ensayos les hemos presentado un escenario negativo -vivir en casas más chicas o con presupuestos más ajustados-, pero el elemento en juego para desear emigrar es pensar que hay un futuro diferente; el presente puede ser doloroso o difícil pero con otra perspectiva para llevar adelante su proyecto de vida, con condiciones de mayor estabilidad, mayor racionalidad económica”. Y concluye: “El aspecto socio antropológico interesante es que no importa tanto que las condiciones de partida puedan ser negativas como la expectativa de movilidad social, la posibilidad de futuro para sí mismo o para su descendencia”.

En opinión de Shila Vilker, directora de Trespuntozero, la aspiración de partir ha conocido una ampliación etaria y de clase en los últimos años: “La especulación con la posibilidad de irse aparece no solamente en los jóvenes sino también en la voz de los adultos, pensando en los hijos. Y también hay una expansión social: por lo general, era una aspiración de los sectores medios y medios cómodos y vemos hoy que eso se está expandiendo a sectores de clase media baja, aunque sea como sueño, posibilidad, idea. Está en el discurso cotidiano. Sin estudiarlo específicamente, el tema aparece en los grupos focales. No es masivo pero está presente”.

“Los testimonios que circulan en los medios y en las redes son de gente joven que dice ‘no hay inflación, no hay inseguridad’ -señala por su parte Eduardo Fidanza-; proyectan en otro país las expectativas que acá ven frustradas. Algunos datos de la Argentina son dramáticos. La inseguridad y la inflación son dos elementos expulsivos”. Aún así, Fidanza distingue entre “migraciones más racionales, de quienes se van con dinero para invertir o porque consiguieron un buen trabajo”, de cierto “idealismo aventurero” del que va “a probar suerte, a hacer lo que sea, o por deseos de conocer”. Un nomadismo favorecido por “una familiaridad y una cercanía con el mundo que no existía hace 50 años”.

Para el consultor Ricardo Rouvier, el fenómeno se explica porque “las posibilidades de movilidad social en la Argentina se han reducido mucho y cada nuevo pobre es un miembro de la clase media que se cae”. “Muchos dicen que quieren irse y luego no lo hacen, pero si ese deseo existe tiene que ver con la crisis socioeconómica y el estado psicosocial de la población. La franja con mayor interés en abandonar el país se encuentra entre el final del secundario y los 45 años. Y es predominantemente de clase media media hacia arriba”.

¿Qué factores podrían cambiar esa perspectiva? “Que la situación del país mejore, que la actividad productiva vuelva a pleno y que se reinicie la demanda laboral”, responde, pero también introduce un elemento político: “Otra cosa que influiría, aunque no sabemos cuánto, es que la grieta fuese administrada por alguien que logre una tregua en las pasiones. Hay demasiada violencia simbólica en las redes que ventea energía y desgasta el ánimo”.

ÉXODOS

¿En qué momento empezó la Argentina a expulsar a sus hijos?

El fenómeno se inició en torno a la década del 60, con un éxodo de profesionales formados y científicos, y desde entonces se fueron sucediendo las oleadas, al ritmo de la recesión económica o la crisis política o una combinación de ambas. Con un denominador común: es una emigración calificada, lo que representa una grave pérdida para el país.

Está la tristemente célebre Noche de los Bastones Largos -29 de julio de 1966- cuando la Policía reprimió a bastonazos la protesta de estudiantes y profesores de cinco facultades de la UBA contra la intervención de la universidad decidida por la flamante dictadura de Juan Carlos Onganía. Trescientos científicos e intelectuales emigraron luego de ese episodio, entre ellos, el físico Rolando García, el filosofo Risieri Frondizi, el historiador Tulio Halperín Donghi y el epsitemólogo Gregorio Klimovsky.

Más tarde, fue la dictadura de 1976-1983 la que forzó al exilio a una cantidad de entre 40 y 50 mil argentinos. Sólo en México, uno de los grandes receptores de ese exilio, se radicaron entre 6 y 8 mil compatriotas.

La mayoría de esos expatriados regresó al restablecerse la democracia. “Hubo programas para fomentar ese retorno -recuerda Mármora-, desde la posibilidad de traer todos los bienes adquiridos, hasta apoyo para la educación de los hijos, pasando por la reválida de títulos, seguro médico por un año, etcétera”.

“También en los 80 hubo emigración -señala la ingeniera Águeda Menvielle, que fue directora del Programa Raíces hasta 2016- porque durante la época de Alfonsín, si bien volvió la democracia, faltaban formaciones de posgrado de alto nivel, entonces muchos iban a completar su formación al exterior y algunos eran seducidos para quedarse allá”. “En los 90 -sigue diciendo-, siguió el éxodo, por la falta de trabajo y los bajos salarios, por ejemplo, en el Conicet. No había fondos para investigación”. Este proceso, explica, se vio facilitado “porque la gente formada tiene contacto con colegas en el mundo que le dicen ‘si no estás bien allá, venite para acá’”.

Más fresca en el recuerdo está la crisis de 2001/2002, que generó una avalancha de argentinos en las puertas de los consulados en busca de visas o ciudadanías extranjeras. Desde entonces, con excepción de una breve reversión de la tendencia -cuando alrededor de 2010, se produjo un importante retorno, por la crisis europea y especialmente española- el movimiento no se ha detenido y se viene intensificando desde 2015; ahora la pandemia lo ha contenido pero de ni las restricciones preventivas por el Covid lo han frenado del todo.

El programa Raíces, iniciado en 2003/4, que logró repatriar a 1300 científicos y tecnólogos, tenía otras aristas interesantes, como la de promover la cooperación científica a través de los argentinos radicados en el exterior.

“El programa no es sólo de repatriación -aclara Menvielle-; es de cooperación, de proyectos: capacitaciones, orientación, intercambio entre instituciones; también hubo donaciones de equipamiento, de aparatos. Todas estas líneas de acción eran sugeridas por los mismos exiliados. No es necesario que vuelvan para cooperar con su país”.

El programa de retorno “estaba dirigido sólo a científicos y tecnólogos, a gente formada al máximo nivel, doctorado o posdoctorado, universitarios, investigadores. Se daban fondos, se les buscaban cargos, trabajo para la pareja -muchos volvían casados con personas de otra nacionalidad-, etcétera. Los que volvieron se distribuyeron en todo el país. El programa se interrumpió con la anterior gestión [Macri] porque fue desfinanciado. Pero sigue existiendo ya que lo convertimos en Ley [n° 26.42] en el año 2008”. Es decir, que podría ser reactivado.

Para Lelio Mármora, que fue representante de la OIM (Organización Internacional para las Migraciones) para la Argentina de 1987 a 1993 y para el Conosur entre 1993 y 2002, la promoción del retorno “debería ser una política de Estado, y no sólo hacia los científicos sino también hacia aquellos que están en el mundo de los negocios”. A la vez, no cree que sea posible sin recuperación económica. “Hay gente que se va pero que si tuviese la posibilidad de volver lo haría, con perspectivas de reinserción laboral, de desarrollo personal”.

Así lo confirman algunos testimonios como los que, desde México, dan dos exponentes de dos éxodos diferentes. Diana Míguez, que dejó Argentina en 1996 y ha vivido en Japón, España, Estados Unidos y ahora en México, con una capacitación que le ha permitido siempre trabajar, dice: “¿Volver? Siempre es una posibilidad. Podría hacerlo inmediatamente teniendo trabajo o condiciones que me permitieran vivir como lo hago aquí. Estar lejos no es fácil. Sigo siendo argentina. Naturalizarme, me alejaría aún más de mi familia, de mis amigos, de mis raíces”.

“Me hubiera gustado no tener que venirme empujada por el miedo -dice Laura P. que emigró junto a su marido en 1976-, pues en Córdoba todo el 75 fue de terror. Nosotros alcanzamos a salir un mes antes del golpe del 76. Volver a la Argentina siempre estuvo como algo pendiente pero era desarraigarnos de México, nuestro país de asilo. No hemos podido decir ‘no volveremos nunca más’. Tengo dos tierras, la definición de ‘argenmex’ me queda muy bien. Me importa mucho el destino de los dos países. Hubo una muy buena época en que íbamos mucho a la Argentina y dábamos cursos allá y hacíamos vida docente mientras visitábamos amigos y parientes. Cuando voy allá, siento que es mi país. Me da pena que persista esa tendencia a irse pensando que en otros lados todo es mejor. Es triste que sea así, pero es algo muy acendrado”.

POLÍTICOS Y CIENTÍFICOS

En lo que hace a la emigración calificada, ¿no hay también una falta de valoración, de reconocimiento, a los hombres de ciencia? En el país hay mucha inteligencia, mucha expertise, lo que parece fallar son los vasos comunicantes entre ese conocimiento y la política, la función pública, la administración.

“Es cierto que no hay suficiente utilización de los recursos calificados que tenemos por parte de los políticos -responde Lelio Mármora-; esto es porque no necesariamente para tener éxito en política hay que tener una buena carrera profesional. Se asciende por relaciones y por manejos pero no por la capacidad para resolver problemas, para gestionar. Eso se viene arrastrando desde hace décadas”.

Lelio Mármora fue Director de Migraciones en el tercer gobierno de Perón, 1973-74. “El de Perón fue el último plan integral de desarrollo que hubo en la Argentina. Nunca más hubo uno. Y en aquel plan había un capítulo referido a las migraciones que contemplaba el retorno de los argentinos. Perón estaba muy interesado en eso. Y en la Conferencia de Población de Bucarest la Argentina llevó una posición muy interesante frente a la tendencia neomalthusiana de aquel momento”, recuerda.

“Hoy no hay una política de población como la que hubo a principios del siglo XX. Peor aun, se han ido deshabitando pequeños pueblos rurales. El ferrocarril está muy ligado a la distribución de población. Es una deuda que tenemos: una política de población, de recuperación de pequeños pueblos, está la posibilidad de hacerlo, no nos falta territorio ni tampoco actividades que puedan ser productivas. Ojalá un día podamos hacerlo en serio, ahí entra todo, migración, retorno, políticas de retención de la población, reequilibrio”.

Además de los abundantes recursos naturales, la mano de obra calificada y la materia gris, hay algunos fenómenos nuevos que podrían ser aprovechados, siempre que se tenga una política.

Por un lado, el trabajo virtual, señala Mármora, que se ha incrementado con la pandemia. “Eso abre nuevas posibilidades; hay que tenerlo en cuenta porque puede ser un factor de retención de población. Se puede conseguir trabajo en el exterior sin tener que dejar la Argentina. Eso puede cambiar el panorama, sobre todo para gente calificada que se iría por motivos de trabajo. Incluso para el que lo contrata es más conveniente, se ahorra los costos de traslado e instalación”.

El otro elemento es una tendencia que Mármora dice haber notado en el último año. “Es impresionante la cantidad de gente que se está mudando hacia los suburbios o hacia el interior. Es interesante ver cómo se ha incrementado la salida de la gran ciudad. También facilitado por el trabajo remoto”.

El otro dato importante es que la Argentina, pese a expulsar población, sigue siendo un país receptor de inmigrantes, destacándose entre los demás del Cono Sur por su capacidad para atraer población: de hecho, si bien un millón de argentinos reside en el exterior, lo que representa entre el 2 y el 3 por ciento de los habitantes, la cifra de inmigrantes extranjeros radicados en la Argentina duplica esa cantidad -2,2 millones, casi 5 % de la población total del país– siendo cerca del 85% ciudadanos originarios de naciones limítrofes.

Todo esto lleva a pensar que si el país no tiene una política demográfica activa es sólo por la desidia o la falta de visión estratégica de su clase política.

Si la Argentina no se da una política de retención, sus jóvenes y sus adultos jóvenes serán cooptados por los programas de países como Estados Unidos o Canadá y otros, advierte por su parte Mármora: “Estos países desarrollados tienen un bono demográfico muy bajo [N. de la R: proporción de población en edades activas -15 a 59 años- sobre el total] como en Japón, que los lleva a poner cupos de atracción de gente hacia sus países, necesitan gente joven. En los años 90, España regularizó a 350 mil inmigrantes lo que le permitió soportar las cajas de seguridad social”.

“Pero entre nosotros, el tema demográfico o migratorio ya no existe. Vivimos en un país vacío, con grandes concentraciones urbanas aisladas. Desde el punto de vista geopolítico, en 20, 30 años, y con tan buenas relaciones con China, creo que puede llegar a ser un problema, y no me quiero adelantar en nada.”

Claudia Peiró y Camila Hernández Otaño (publicado por Infobae.com el 27/06/2021)

Fuente: Argentina, tierra de emigración y de sueños inconclusos – Infobae